lunes, 25 de mayo de 2020

No es fácil vivir


                                            No es fácil vivir

No es fácil vivir. Enfrentarse cada momento a lo imprevisible, decidir continuamente hacia dónde ir, qué quieres hacer, quién quieres ser. Claro, quizá pienses que de un día a otro no hay mucha diferencia, y que la rutina y el aburrimiento acechan nuestras vidas más que la sorpresa y el susto.
No es esa mi experiencia, ya te digo.  Yo veo a muchas personas que enseguida se acomodan y que luego, un día, se sorprendan de que el mundo sea como es. Si, conozco a mucha gente que se ha domesticado a sí misma y que ha sacado la conclusión de que el mundo es doméstico. No lo es, ya os lo digo yo ¿No habéis oído de esos perros que parecían domesticados y que un día se lanzan al cuello de su dueño y lo destrozan? ¿Y qué decir de los felinos que un buen día se lanzan sobre su domador, con el que habían jugueteado innumerables veces? El mundo es salvaje, y guarda siempre una sorpresa, no os engañéis. 
Así es el mundo. No dejamos de recibir sustos, y no nos acostumbramos. Pero como suelen ser lo habitual los cambios lentos, el deslizarse las horas del día, el deslizarse los días uno detrás de otro, el ir pasando los años tan mansamente, tan despacio para los que viven en babia, estos semejantes no cesan de pasar en su vida del sobresalto al aburrimiento, sin percatarse de que la vida es, toda, un juego indescifrable que requiere de nuestra atención y de nuestra alerta permanente.
¿Pero quién es capaz de estar permanentemente alerta? – me dirás. Claro, si te acostumbras, si te domesticas. Hay personas que se acostumbran a vivir tumbados, y allí en la cama comen, duermen, trabajan y reciben, y la sola idea de permanecer sobre sus dos pies todo el día ya les fatiga. Si te domesticas y acostumbras, la sola idea de estar alerta ya te agota, claro.
Yo no me explico cómo la gente puede acostumbrarse a ver los árboles sin hojas y luego, volver a verlos con ellas, como si hubiesen caído y salido todas ellas en una sola noche. Yo me sorprendo cada día un poquito, desde que aparecen las primeras yemas en las ramas hasta que tienen extendida la palma de su hoja y vuelven a quedar luego desnudos. En algún sitio hay una fuerza inmensa que empuja lo verde hacia fuera, y que luego, poco a poco, lo abandona y lo deja caer; es la misma fuerza que mueve las nubes y que madura los frutos… ¡Y si esa fuerza aparece un día de sopetón! ¡Como pasa con los volcanes, el día que revientan! Un día vas al mercado, y el lugar de las naranjas ha sido ocupado por los nísperos y las cerezas, y yo me llevo un susto, porque en esos cambios descubro cómo se desliza silencioso el tiempo ¡Y contemplar en los puestos del pescado los ojos cristalinos de los besugos, no digamos! O cuando llegan al mercado los primeros boquerones. Yo los veo, y me entran ganas de llevármelos a casa y ponerles piso,  antes  de que su plata vire lentamente hacia el cobre.
Entre el impacto de las novedades diarias y los deseos vehementes que se alzan en mí, se me hace muy difícil vivir. Ya sé, hay personas que no sienten nada de esto, ni siquiera algo parecido, y pasan por la tierra sin enterarse de nada. ¡Benditos ellos! -digo yo; pero estarán condenados, en la próxima vida, a reencarnarse en cuadrúpedos e irán mirando siempre hacia el suelo.
Salir de casa ya tiene su aquel. Desde la puerta, puedo elegir tres direcciones, pero en cuanto me decido por una, muy pronto, en la misma calle surgen disyuntivas, incluso “trisyuntivas” que renuevan mi angustia. A la vuelta de cualquier esquina puedes encontrarte con quien no querías, o al revés, tropezarte con quien deseabas; y todo depende de un pequeño giro de pies que muchos hacen sin pensarlo. Decidir ir por aquí o por allí parece insustancial, al final todos los caminos llevan a Roma, pero yo ya he visto que no lo es. De esa pequeña decisión va a depender que tomes un café que ya no deseas, por la hora, no por su compañía, que te va a mantener despierto mucho más allá de tu hora habitual de dormir y va a envenenar la conversación con tu mujer y tus hijos, que hacen su vida sin conocer tu desvelo, cuando vuelvan a casa,  y ese veneno con el que tú los esperas, acíbar en su plato, les hará pensar que tienen un padre y un marido echado a perder. ¡Quién puede prever el efecto que tendrá en sus vidas aquel tóxico que les inyectas, del que ibas cargado por la simple circunstancia de un giro de pie…!
De todos los lugares del mundo, hay dos en los que la angustia que experimento excede a todos los demás.
Uno de ellos son los bares. Entrar en los bares es para mí un tormento y pocos lugares me imagino más ajenos a las buenas condiciones de una vida humana
- ¿Qué desea? – me pregunta el camarero, claro.
Y la respuesta a esa pregunta, que a la mayoría de la gente le parece sencilla, incluso rutinaria, a mí me deja en blanco, un blanco de angustia.
“Irme” -debería contestar, si en verdad dijese lo que deseo; o también, “no haber entrado”, como si fuese estúpido.
Pero como temo ser por tal considerado, simplemente dilato mi respuesta, como si dudase, a ver si el camarero se cansa y se enfrenta con algún acompañante que me dé una idea, para poder responder: “yo también”. Porque lo más frecuente es que a mí no me apetezca nada y que, como las palabras de camarero no suelen espabilar ningún deseo en mí, y mucho menos si se pone a esperar mi respuesta,  suelo dirigir mis ojos ansiosos hacia el mostrador para ver si alguna botella de las múltiples que sobre él se exhiben me provoca alguna incitación. No suele suceder. Las más de las veces termino en un bar por apego a la compañía con la que voy, y siempre me extraña que en alguien que se sienta bien acompañado pueda surgir el deseo de un café, un helado, una cerveza, o un güisqui y que me condenen a meterme en esos abrevaderos estruendosos e indeseables. Tome lo que tome en ellos, siempre salgo con la impresión de no haber acertado.
El otro lugar en el que se me disparan los temores es en las librerías. Os parecerá una tontería, claro, y quizá os habíais imaginado que sería las tiendas donde vender armas u objetos eróticos. Pues no. El tormento en las librerías viene de la contemplación de cuántos libros no conozco y de no saber qué elegir. Es muy sencillo de entender. Si más del noventa por ciento de los libros que contemplo me resultan desconocidos, por qué elegir uno y dejar a los otros ochenta y nueve. ¿Y si entre los que no elijo está el que realmente necesito, el que me está esperando, agazapado en los anaqueles, ajeno a listas, crítica, y consejos varios, escrito por un ser lejano y antiguo, lanzado al mundo, como se lanza al mar una botella con un mensaje, esperanzado que el juego de los días y las olas lo lleven hasta su destino? ¿Y si ese destino soy yo, y no me encuentra? Y así, el posible placer de comprar, con el que he visto alegrarse a muchos, se transforma, en mi caso, no solo en la penosa tarea de elegir, es decir de renunciar, sino en la sospecha de haberme equivocado.  Después de haberme agotado de mirar estanterías, consultar índices y ojear apresuradamente algunos capítulos que me resultan más sugerentes, muchas veces, desconcertando a los vendedores, salgo sin comprar nada; y otras, cuando para no morirme de vergüenza, termino comprando algo, me dura muchos días la duda de si no habré dejado escapar otra vez la oportunidad de adquirir el libro que salvaría mi vida, que para mí es tanto como esperar salir de esta angustia de vivir.

sábado, 16 de mayo de 2020

Mis pies

Los pies

Tenemos dos pies. Tengo dos pies. Son pies distintos, hasta muy distintos. Contra lo que es habitual, que los pies de los niños sean de formas muy similares, y se mantengan así hasta que comienzan a caminar, hasta que el mundo que huellan, hasta que los deseos y los temores a los que responden, les vayan dando la forma propia de ese ser del que son parte, la forma de ese mundo en el que pisan, yo nací ya con dos pies muy distintos. Mi pie izquierdo tiende a ser griego, con su segundo y tercer dedo algo más largos que el dedo gordo, una forma rara de pie, propio solo del uno por ciento de la población; mi pie derecho, en cambio, es un pie egipcio, con su dedo gordo dominante y, a partir de él, los otros cuatro en forma y tamaño decrecientes; es la forma más común de pie, la propia del setenta y cinco por ciento de la población, según la Wikipedia. Los dedos segundo y tercero de mi pie derecho están trabados el uno con el otro por un poquito de carne, como le sucedía a Costanza de Acevedo, la Preciosa de la Gitanilla de Cervantes, y como si llevase en mi cuerpo el recuerdo de algún ser palmípedo muy anterior. Pero llevo en este misterioso pie derecho, además, el recuerdo de un descuido médico, la señal de un trauma causado por una inyección mal puesta en mi niñez, una inyección de penicilina que quizá me salvó de morir, pero que llegó hasta el nervio ciático y me dejó esta debilidad del pie, esta incertidumbre en mis pasos por el mundo.  (Nací en aquella frontera que separa las familias numerosas y las frecuentes muertes infantiles, de las cortas familias modernas y la instauración de la higiene, las vacunas y la administración de los antibióticos que tantas vidas infantiles han salvado de morir. ¿Se podrá también algún día inyectar el gusto de vivir?). Aquel traumatismo no solo bloqueó, el encaje de la cabeza del fémur con el acetábulo de la pelvis. desvió la articulación de la rodilla y desfiguró la de la tibia y el peroné entre sí y con el pie, sino que afectó a toda la parte derecha de mi cuerpo. Durante mucho tiempo, nadie prestó atención a aquel desequilibrio de mi anatomía. Aquella ligera cojera podía tener algo de elegante y distinguido: a veces unas gafas, un bastón, una contera metálica adornan un defecto y pasan a ser un rasgo de personalidad. Yo recuerdo al pintor Antonio Saura ayudándose siempre de un bastón y el señorío de Antonio Gala tiene un gran apoyo en su inagotable colección de bastones.  Además, la presencia de personas más o menos tullidas, más o menos deformes, en las calles de las ciudades, no era una novedad, cuando solo habían pasado quince años de una guerra devastadora, y podían obedecer a tantas causas que los médicos no se molestaban en diagnosticarlas: daños colaterales de la contienda, secuelas de accidentes, efectos de la talidomida, grave desnutrición en el embarazo, caídas mal curadas...Tampoco había una sanidad pública ni abundaban los especialistas. El primero que me trató, ya adolescente, diagnosticó secuelas de una poliomielitis, anterior al descubrimiento de la vacuna en 1952. Viví treinta años con aquel diagnóstico, hasta que, en una de aquellas crisis periódicas que me dejaban dolorido en cama, durante días, buscando un lenitivo en las manos de una masajista, ella supo ver que aquella limitación funcional de la parte derecha de mi cuerpo, y su consiguiente deformidad, era la respuesta nerviosa y muscular a una inyección que había tocado mi nervio ciático a una edad muy temprana. Aquella mujer, que llegó a mi vida como un hada buena, me puso en un camino en el que todavía estoy. Porque ella me enseñó que lo propio del cuerpo es la salud, y que en el cuerpo, mientras haya vida, nada es definitivo, que su capacidad de curación y regeneración está siempre ahí, esperando que le demos una oportunidad, y que el cuerpo tiene sus razones. Deseché las alzas y postizos más o menos disimulados con los que diversos especialistas habían intentado nivelar la dismetría de mis extremidades inferiores y la desviación de mi columna, y emprendí un camino que hasta hoy no ha tenido fin: aprendí a sentirme por dentro, a ahondar en la capacidad proprioceptiva, a percibir la tensión antes que se adueñe de mí, a restituir a mi organismo su capacidad de curación, a conocer mis límites y respetarlos para ensancharlos un poquito cada día, a tener paciencia, mucha paciencia, porque la paciencia lo es todo, a ser constante. Se enderezó poco a poco mi pierna, se liberaron las limitadas articulaciones de mi pelvis y mi hombro, se ablandaron los sutiles tejidos (músculos, tendones, ligamentos, tejido conjuntivo) que se entretejen en nuestros pies y les dan forma, flexibilidad e insospechada resistencia, recuperé la bóveda plantar, la elasticidad y la firmeza, los veinticinco huesos que lo componen fueron encontrando su lugar y mis dedos recuperaron su destino olvidado. Aún sigo. Con mis manos cuido de mis pies como quien cuida algo muy querido.
Aun así, mis dos pies parecen pertenecer a dos cuerpos diferentes, o, como si hubiesen andado por mundos distintos, como si formasen parte de una vida rota, como la de aquel Vizconde demediado de la novela de Italo Calvino, y acabasen de soldarse y no estuviesen todavía en armonía.
Con las manos nos apropiamos del mundo, lo atraemos hacia nosotros, por los pies nos acercamos a él. El mundo al alcance de la mano es el mundo próximo, el que identificamos incluso con los ojos cerrados, el que nos llevamos a la boca, el que palpamos con nuestras palmas ansiosas, el mundo que estrujamos entre nuestros puños para hacerlo nuestro o herimos con nuestras uñas para dejar la señal de que nos pertenece o se nos resiste, el que colma nuestras necesidades vitales. Pero enseguida se nos queda pequeña toda aquella cercanía, pronto nuestros ojos se sienten atraídos, incitados, por aquello a lo que nuestras manos no alcanzan, y sentimos el deseo de poseerlo. Lanzarse a andar es cruzar la frontera de lo necesario, seguir el anhelo de nuestro corazón, dar cobijo al afán, ansia viva, y ponernos en marcha a peligrosos trompicones, salvar la distancia con torpes gateos, erguirnos como reyes de la creación sobre nuestros pies, admitir aquella incitación a la que dimos cobijo, desafiar la distancia desde la que aquella parte del mundo se nos impuso y encaminarnos hacia su posesión, es decir hacerla nuestra, tenerla en nuestras manos. Para ello nos sirven los pies, Cuando aquello hacia lo que nos llevaron nuestros pies está, por fin, al alcance de nuestras manos, cuando lo hacemos nuestro, mío, nos sentimos calmados…Pero solo un momento.
El lugar que ocupaba aquel objeto que nos atraía hacia sí, hacia el que nosotros nos sentíamos impelidos, ha sido ocupado por otro aún más maravilloso a nuestra vista, más grande, más colorido, más suave al tacto, más prometedor de colmar nuestro anhelo que aquel que hemos integrado en nuestro mundo conocido, en lo cotidiano y que, apenas poseído, ha sido ya olvidado. Todavía no sabemos que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe, y que el tamaño del deseo crece y excede con mucho las dimensiones de todo aquello a lo que alcanzan nuestras fuerzas.
Los pies nos desplazan por el mundo, por ellos percibimos la suavidad o la dureza del suelo en que nos movemos, a través de ellos nos sentimos instalados en la vida, por los pies comunicamos a la tierra nuestra manera de habitarla; nuestro sentimiento de la vida baja hacia la tierra por nuestras piernas y se expresa en nuestros pies. Pero los pies no saben hacia dónde van; obedecen, o intentan obedecer lo mejor que pueden. La cabeza y los pies no siempre se entienden. ¿No os habéis encontrado alguna vez en el lugar equivocado, en ese lugar del que siempre quisisteis huir, al que nunca habías decidido llegar? ¿No habéis sido llevados por vuestros propios pies hacia algún sitio que no habíais imaginado, del que renegasteis en un principio y en el que llegasteis a ser felices? Porque los pies y la cabeza (el órgano en el que hemos decidido que reside el que manda) no siempre están acordes; lo normal es el extravío, el caminar disperso, la sorpresa, la sensación de hallarse perdido, y también la duda, los pies divergentes, el miedo a equivocarnos en el destino que elegimos y en el camino por el que pretendemos llegar hasta allí, y de ahí surgen nuestros pies retraídos, los dedos que se rebelan  y desvían de la línea anatómica que los constituyen, los pies doloridos, débiles, que recelan y que han perdido la fuerza que guardan en la solidez de guijarro que constituyen sus huesos, en la flexibilidad de su tejido conjuntivo, en la fortaleza de sus ligamentos, en la precisión de los movimientos de sus músculos, en la extraordinaria sensibilidad de su piel, y entonces, caminar por la tierra es un dolor.
Me duelen esos pies embutidos en zapatos imposibles que constriñen los delicados tejidos que los forman, tacones de aguja, rígidas plataformas, puntas lamidas como quillas, extravagantes andamios que aíslan y se interponen entre el cuerpo y el suelo que lo sustentan; envidio los pies anchos y desnudos que se mueven como alas y guardo un recuerdo feliz para Philippe Petit, el funambulista francés que cruzó, caminando sobre un cable, la distancia entre las azoteas de las Torres Gemelas del World Trade Centre, en la ciudad de Nueva York aquella mañana del 7 de agosto de 1974.
 La dificultad que yo he sufrido para moverme por el mundo, el dolor con el que he llegado muchos días a casa, el pie derecho débil, claudicante y de sensibilidad extremada, el izquierdo descompensadamente fuerte y poco sensible, me hace imaginar la satisfacción, y apreciar la belleza que encierra el elegante movimiento de un cuerpo que se desplaza con aquella seguridad con la que él lo hizo, sobre el filo de una línea comba y tensa, sustentado solamente en las frágiles plantas de sus pies, como lo hace un ave en sus alas, ante las miradas suspendidas, las bocas abiertas, el silencio, las voces encogidas, la respiración contenida, el último paso sobre un hilo allá a cuatrocientos metros de altura.
A lo largo de tantos años, mis manos han acudido innumerables veces a mis pies y, a fuerza de tacto, han ido integrándolos en mi vida, haciéndolos suyos, o sea míos; al tiempo, perdieron ímpetu mis desnortados anhelos y aprendí a querer lo próximo, antes que seguir el afán por lo que no tengo.

sábado, 9 de mayo de 2020

El primer día


                                    El primer día

Enfrascado en este río de escritura que es el libro “El infinito en un junco”, envidioso de los dones con los que los dioses han colmado el esfuerzo de su autora, desconocedor aún del precio que le hicieron pagar por su pertinaz osadía de niña lectora, terminé el último día del año 69 de mi vida con la lectura del capítulo 69 de su libro: “El acogimiento del otro es el hecho decisivo por el cual se iluminan las cosas.” Estas palabras del filósofo Emanuel Levine que finalizan el capítulo, suspendieron mi lectura. Cerré brevemente el libro, mi índice entre las páginas 184 y 185 y me sumergí en el eco que aquellas palabras habían alzado en mí.  Cuando intenté volver al libro, me di cuenta de que aquel capítulo tenía escasas cinco líneas y que el siguiente era más extenso. Hasta la mañana siguiente no prestaría atención a los dígitos que enumeran cada capítulo; absorto en aquella prosa lúcida, saltaba de uno a otro, como quien salta de piedra en piedra, irregulares en sus tamaños, para cruzar el cauce de una corriente transparente y dulce. Como la noche era ya larga, coloqué la señal de lectura, apagué la luz y me fui a dormir. Mientras me movía con sigilo por la casa, palpaba los marcos de las puertas abiertas, y doblaba las esquinas del camino oscuro hacia la cama, repetía aquellas pocas palabras en mi memoria, como quien se esfuerza con un paño en buscar tras la pátina del bronce opaco el brillo cierto, e intentaba entrar más hondamente en aquel pensamiento: “El acogimiento del otro…” Me dormí pronto, arrullado por el rumor sonoro que las palabras despertaban en mi memoria.
También me desperté pronto. Soy alondra en mis costumbres mañaneras y puedo ser rapaz nocturno, si hay motivo. Aplacé la fresca ducha siempre apetecida, porque era temprano para el ruido de su chorro, porque me desperté ya despierto y porque las aguas de aquel río que había dejado plegado por la noche era todo lo que ansiaba. Desanduve con cuidado el camino nocturno y, con tiento, volví a mi sillón de lectura. Abrí el libro y, esta vez sí, vi que me esperaba el capítulo 70.  Aquella casualidad me produjo una sonrisa agradecida, la tomé como un cumplido de Irene Vallejo quien, desde su recóndito destino, había madrugado para ser la primera en felicitarme. Porque yo había establecido ya con el libro esa relación propia de quien siente que el escrito le está destinado, y que la línea sedosa de su prosa respira al compás del pecho del que lee. Habla en él del rapto de la bella Europa, por el enojado, astuto, vengativo Zeus, que ha tomado la atractiva, confiable apariencia de un níveo toro, pacífico, musculoso y juguetón en la playa de Tiro y del irrealizable e imperioso mandato paterno que recibe su hermano Cadmo, de rescatar a su hermana de las codiciosas, poderosas manos de un dios. En esa búsqueda por todo el orbe conocido por un griego, Cadmo viaja gritando el nombre de su hermana y va dejando escrito en las rocas silenciosas y en los troncos de los olivos viejos y de las ásperas encinas, en cuyas ramas el grito se confunde ya con el susurro de la brisa, su nombre: Europa. En aquella búsqueda angustiosa, desesperada, y destinada al fracaso, Cadmo extiende por el mundo el conocimiento de la escritura.
Hoy, cumplo setenta años.
En mi familia, siempre hemos celebrado los cumpleaños. Por encima de las arrugas y de los achaques que trae el paso del tiempo a partir de una cierta edad, siempre nos hemos alegrado con la llegada de cada nuevo aniversario. Estar vivos y poder contarlo es suficiente motivo. Seguir revitalizando las memorias viejas con la savia de las nuevas, asistir al decurso de los días, ver que lo nuevo, a lo que no alcanzan ya nuestras escasas fuerzas, llega a nosotros en las bocas y en los ojos y en las manos de nuestros hijos y de nuestros nietos, que lo impensado acude hasta nosotros cuando nos creíamos al amparo de los sustos y ya no lo alcanzamos en su rodar vertiginoso, nos hace sentir alegría. No necesitamos grandes regalos, ni fiestas purpurinas; agradecemos el recuerdo de los que están lejos, las palabras amables y festivas que salen de las bocas sonrientes de los amigos, alguna visita imprevista, señales que subrayen la certeza de seguir viviendo en la memoria de otros, como ellos viven en la nuestra.
Y, sin embargo, hoy, precisamente hoy, cumplir 70 años, precisamente 70, no me gusta. En este proceso de desconfinamiento gradual, ordenado y asimétrico, acabo de ingresar en el grupo de ciudadanos con permiso para deambular a su aire por las calles de la ciudad entre las diez y doce horas de la mañana y las siete y las ocho de la tarde. Así que, ayer, me despedí de un mundo y hoy todavía no he vuelto al otro. Ayer, todavía paseé entre jóvenes impetuosos, remolinos de vitalidad que no se paran a calcular lo que son dos metros de distancia, veloces patinadores, ingrávidos skaters, estatuarios conductores de patinetes, impetuosos ciclistas, entusiasmados runners, ensimismados lectores de pantallas luminosas, seres alados que no toman cuenta de los bordillos de las aceras, de los baches del asfalto ni del color de los semáforos. Ayer, el aire todavía estaba poblado de conversaciones y risas que desconocen el peligro, de cuerpos ligeros de ropa que la luz del atardecer convierte en bronces divinos: precisas musculaturas, hombros desnudos, espaldas poderosas, pechos altivos, nalgas apretadas, miradas encendidas, barbas prietas, labios por los que asoma la temperatura de un interior candente, melenas densas y de color definido, manos inquietas que sienten el imán que emana de otros cuerpos…Porque la juventud es algarabía de voces y relámpagos de cuerpos solares, agilidad, derroche y tristezas oscuras y profundas pero livianas, de las que espantan una sola mirada, una palabra amable, un pequeño gesto de cariño, veinte euros para gastar…
Todavía no he salido hoy. Me asusta el mundo al que ya pertenezco: caminantes temerosos, quizá solos, quizá en lentas parejas, que arrastran sus zapatos cuarteados y dudan para salvar los bordillos de las aceras, desconfiados de sus ojos y de sus pies; personas que se ayudan con andadores, bastones y apoyos con los que tantean el suelo antes de dar un nuevo paso, como quien se aventura en una ciénaga; paseantes de espaldas encorvadas, que se cubren con extrañas gorras o sombreros, sin miramientos estéticos, ceñidos en su descuidada elección a su estricta utilidad, de cabellos escasos y grisáceos, como líquenes, que cubren apenas una piel que va tomando poco a poco la sólida figura del esqueleto que guarda; rostros de pieles fruncidas, palimpsestos que esconden otras muchas historias por debajo de la que hoy podemos leer; ropas grises o cómicamente juveniles en colores y hechuras, ajenas a la escasa vitalidad que las soporta; voces quedas, carrasposas, quizá inútilmente enfáticas y que portan en su impostación el recuerdo de una vida ajena a lo que hoy cuentan; ojos desconfiados detrás de gafas intemporales que se sustentan en grandes orejas flácidas y resbalan sobre narices tristes…
Quizá un día mi ánimo elija este ritmo pausado como suyo, quizá me sienta confortable en el apartado silencio, y la escasa novedad que tolere no sea más que la que traigan la sucesión de las horas de cada día, los sobresaltos de la meteorología y las voces conocidas de los que me quieran. Quizá llegue un día en el que la idea del final no sea una idea siniestra, sino una exigencia sintáctica de este río que es la vida…
Pero hasta entonces, que no sea una orden del Boletín Oficial del Estado la que me condene, una imposición cuyo cumplimiento vigile la policía con sus helicópteros, sus drones, sus coches patrulla con sirenas y sus coches patrulla camuflados. Que los últimos pasos puedan elegirlos mis pies, que sean mías las últimas palabras, que los ojos tengan próxima la mejor imagen de la vida que abandonen, que mis manos sientan el latido poderoso de otras manos que sujeten las mías, y que no tapien las ventanas.