martes, 31 de marzo de 2020

Amor a primera vista


                                        Amor a primera vista

Me casé con un ciego.
Lo nuestro fue amor a primera vista, como le gusta decir a él. Dice que le enamoró mi voz. A mí me enamoraron sus palabras. Seguimos juntos después de quince años. Tenemos dos hijos.
-Tienes cascabeles en tu voz -eso me dijo el primer día que hablamos.
-¡Tengo cascabeles en mi voz! - me reí ¿Cómo es eso? Fue lo único que se me ocurrió contestarle.
-Nada. Hay voces así, y cualquier cosa que dicen suena a música en su boca.
-¿De dónde eres?
-De Valencia. Tengo una mezcla rara: mi madre es canaria y mi padre aragonés.
-¡Salió bueno el cruce! -dijo él- y subrayó aquel cumplido con una risa, mientras me alejaba.
Fue uno de aquellos primeros sorteos del sueldazo de la ONCE. Me acerqué a comprarle un décimo. Había pasado durante seis meses delante de su garito sin prestarle atención, pero aquel anuncio del sueldazo me pareció tan original y tan prometedor. ¡Veinte años cobrando tres mil euros mensuales, eso sí que sería suerte!
-¡Por fin! -me dijo cuando me detuve y le pedí un décimo.
¿Por fin, qué? 
-Por fin te decides a comprar el décimo. ¿Qué número quieres?
-Me da igual, uno que vaya a tocar, ese mismo -señalé el que tenía en la mano.
-Haces bien. Hay quien viene con supersticiones de números, persiguiendo a la suerte. Y la suerte va donde quiere. El sueldazo para toda la vida le va a tocar a quien quiera yo.
Esta fue la conversación que tuvimos mientras separaba con parsimonia el décimo de la tira y yo le daba los cinco euros que llevaba ya en la mano. Lo habría olvidado, como olvidé el número que no me tocó, si él no hubiese guardado en su prodigiosa memoria cada palabra. Cuando comenzamos a salir como novios, me la recordó.
-Yo te oía que te acercabas, que caminabas un poco más despacio, que dudabas y que seguías. Así estuviste toda la semana, hasta el viernes. Te oí venir de frente y dije, hoy es el día. Y fue. Me enamoré de tu voz un día que te encontraste con una amiga delante del quiosco y os pusisteis a hablar allí. Pasé una vez por la zapatería donde trabajas, pero no tuve suerte, me atendió la dueña. Te oía caminar por la tienda, llevabas los zapatos incómodos, sentía tu olor, ibas con falda, te toqué la mano a propósito, cuando me estregaste la bolsa con la caja, después de cobrarme y me sentí feliz porque me acompañaste hasta la salida, me diste las gracias y me dijiste adiós.
Sabía ya tantas cosas de mí cuando comenzamos a salir, que si me las hubiera dicho nada más conocerlo me habría asustado. Conocía mi nombre, por supuesto, que trabajaba en la zapatería, que vivía en Benicalap, que tenía cinco hermanos y yo era la mayor, que lo nuestro con Julián se había roto… Eran datos que había guardado de aquella conversación con mi amiga Pilar, al poco de ponerme a trabajar. Además, aquel día del décimo, supo que llevaba falda y chaqueta de punto, zapatos de suela de goma con un poco de tacón, que acababa de pintarme los labios, que no llevaba pintadas las uñas... También sabía que no salía a almorzar, que traía el bocadillo de casa y me lo comía en la tienda. No olía a café- me dijo- y de ahí sacó tantas conclusiones. Acertó, como siempre
-Me gustaba más cuando te ponías los zapatos de tacón, porque te oía venir desde más lejos, pero el paso era un poco más cansado.
Me fui contenta con mi número, y pensé que era un ciego coqueto. Llevaba gafas de sol de marca, lucía siempre un pañuelito en el bolsillo de su americana, iba siempre bien afeitado y se peinaba  su cabello lustroso con intención de gustar. Me imaginaba sus ojos, las cuencas vacías, y me daba pena.
Finalmente, un viernes que le saludé cuando pasé delante de su quiosco en dirección a la parada del autobús, me pidió que esperase un momento. Salió del cuchitril y se acercó a mí.
-¿Quieres que vayamos al cine este sábado?
Me desconcertó la propuesta y me reí.
-¡Qué bromista eres! – le contesté.
-No. En serio. Me gusta el cine. Me apetece ir a ver “Mar adentro”. Te invito.
-Bueno. Pero yo pago mi entrada.
Subí al autobús que cogía allí, cerca de donde él pasaba el día, dando vueltas a su invitación. Era más alto de lo que aparentaba allí, sentado, y se movía con una soltura que no te esperas en un ciego. Tendría que decir algo en casa, pero no podía decir que iba al cine con un ciego. Tampoco se lo diría a las amigas.
De camino al cine me dijo que le gustaba ver películas españolas, porque cada actor tiene su voz y los sonidos son verdaderos, y que en los doblajes no respetan nada.
-Morgan Freeman, Harrison Ford, Christopher Lee, Anthony Hopkins y un montón de anuncios y spots publicitarios tienen, todos, la misma voz, la de Camilo García. A vosotros os da igual, pero yo no puedo con ello. 
Lo dijo totalmente enfadado, y su tono me convenció, tanto como sus argumentos, de que era de verdad un cinéfilo.
-Solo tienes que ayudarme un poco en cada secuencia- me pidió. Contarme lo que se ve: el lugar, cómo son los actores, cómo van vestidos los personajes, pero poco. Nos ponemos en las primeras filas y tú me vas diciendo. Si nos ponemos atrás, se oye todo y molestamos.
No pudimos ir a ver peor película, o mejor, según se mire. Lloramos los dos todo lo que quisimos. No se me quitaba de la cabeza que aquella película hablaba de nosotros: de una vida tan difícil que aboca a la desesperación, de una mujer tan entregada que se olvida de su propia vida, de las razones particulares para vivir y para morir…Nos quedamos allí sentados hasta que se vació la sala y, cuando salíamos, mi mano en su brazo izquierdo, acercó sus labios y me la besó.
Gracias- me dijo- Lo has hecho muy bien. ¡Este Amenábar es un buen cabrón!
Se empeño en invitarme a cenar y le dije que tendría que llamar a casa.
-Pero no les digas a qué hora vas a volver, que si luego te atrasas, se preocupan.
Me pidió que parase el primer taxi que pasara. A ver si tenemos suerte -dijo burlón.
Fuimos a un restaurante gallego, donde le conocían, y el local no tenía secretos para él. Nos pusieron en una mesa un poco apartada, con un grado de intimidad mayor que el resto. Cenamos estupendamente. Probé el mejor vino de mi vida, el mejor pescado de mi vida, un besugo al horno delicioso y el postre de mi vida: leche frita con helado de horchata.
Cuando terminamos de cenar nos habíamos contado la vida. La mía, una vida pequeña y atareada, un montón de hermanos que cuidar, un bachillerato sin acabar, y un futuro resuelto de momento con aquel trabajo en la zapatería que me hizo tanta ilusión cuando lo encontré, pero que ya había comenzado a cansarme. La suya, llena de altibajos: una adolescencia rebelde, unos estudios brillantes, un accidente en una moto, un querer morirse antes que vivir ciego,
-Se me habían apagado los ojos y todavía no se me habían encendido los otros sentidos. Me costó más de un año aprender a oír, a oler, a tocar, a percibir el espacio, la distancia, la luz y la sombra. Mi mente seguía atada a los rencores de la vida pasada, a los miedos del futuro y no sentía el presente. Mi memoria era débil, intermitente, absorbida por lo superfluo, inútil para mi nueva vida. Fue un tiempo difícil. La ONCE me ayudó a salir de aquella desesperación y la lectura de un librito de G.H. Wells “El país de los ciegos”. Tienes que leerlo. Te lo regalaré.
Estudiaba fisioterapia y no quería envejecer vendiendo cupones.
Se quitó las gafas y me enseñó los ojos. 
-Es lo más íntimo que tengo -me dijo.
Tenía ojos oscuros, de una mirada intensa, parpadeaba, parecía mirar a un lado y a otro, dirigirme su mirada, verme allí, al otro lado de la mesa, pero no veía nada.
-Ni oscuro, ni claro, ni hombres como si fuesen árboles, como el ciego del evangelio. Igual que si tú pones la mano delante del plato, ¿Qué ves con ella? Nada, ¿no?, pues eso es mi ceguera.
Desde el restaurante, cuando ya iban a cerrar, nos pidieron un taxi. Me acompañó a casa, y antes de bajarme me cogió la mano y volvió a darme un beso.         
-Gracias. Ha sido una tarde perfecta. Ya tocaba.
-Gracias, yo -le respondí. ¡Además, me has traído hasta casa!
Le di un beso en la mejilla y salí del coche.
El lunes, a la hora del almuerzo, salí de la zapatería y le invité a un café en el bar.
-No puedo siempre, pero hoy sí - le advertí.
Se habían roto las fronteras entre nosotros y nos tratábamos como viejos conocidos, amigos de siempre.
-Tenemos que patentar este invento. Al próximo café te invito yo.
El próximo, fue el jueves. Antes de entrar al trabajo, pasé por su garito y le avisé.
-Dile a tu jefa que vas a tardar un poco. Luego paso y me compro unas pantuflas.
-Te voy a llevar al bar donde hacen el mejor café del barrio. No está ni cerca ni lejos.
Salió del garito y me ofreció su brazo. Le llevaba yo, pero me conducía él. Tenemos que ir hasta el final de la avenida, luego ya te digo yo- me dijo con total seguridad.
Mientras caminábamos me descubría el barrio que había pasado inadvertido para mí hasta aquel día: el olor del azúcar tostado en un horno y a masas poco cocidas en otro, el ruido de los bares de los chinos, tan distinto de los bares de españoles, el olor del café en cada bar, a tortilla de patatas en este, o a embutido y col frita en el otro, los olores frescos o fermentados de las fruterías, el sonido de las voces en la calle, el inconfundible olor de la tienda de pinturas, el olor  aséptico de la óptica y el banco, el olor de los naranjos en una parte de la calle y de los jacarandás florecidos en la otra, el sonido del tráfico cuando la avenida se estrecha, la dirección del aire en el cruce de cada calle y su mensaje olfativo: a mar, a páramo, a naranjos. Me habló muy cabreado del olor a caca de perro que inundaba las aceras.
-¡Siempre terminas llevándote una a casa, o en el bastón o en los zapatos!
Nos gustaba estar juntos. A él le gustaba mi voz, como me había dicho, y yo, en su compañía, descubría un mundo para el que había permanecido ciega y muchos aspectos del que veía y que él me enseñó a ver, desde su ceguera, En uno de aquellos cafés, que pasaron a ser una esperada obligación dos veces a la semana, me preguntó si sabía conducir, y cuando le dije que sí, se puso a dar palmadas de contento.
-Pero no tengo coche -le dije.
- El próximo sábado nos vamos a la playa. ¿Conoces la playa de la Devesa en El Saler?
No la conocía. Me daba miedo la autopista. Me arrepentí de haber contestado tan pronto que sí tenía permiso de conducir y él lo notó.
-No tengas miedo. Yo te llevaré- me dijo- y me dio un manotazo en la mano con la que le sujetaba, o me sujetaba, ya no sé, a su brazo izquierdo
Me hizo reír. Era tremendo. Yo tenía miedo a llevar el coche, pero él no tenía miedo de venir conmigo. ¡Se puede ser más insensato!- pensé.
El sábado quedamos en una casa de alquiler de vehículos, cerca de la salida hacia El Saler. Lo tenía todo organizado: La documentación, el volkswagen polo, y los seguros. Todo estaba pagado. Por supuesto, conocía la carretera, los lugares por los que pasábamos, los desvíos, las curvas…Creo que se sabía hasta los baches. Yo conducía con nerviosismo, pero él iba confiado. Muy bien, lo estás haciendo muy bien -me repetía continuamente- y sus palabras infundían en mí una seguridad que no reconocía como mía.
Llegamos a la playa. Era un lugar nuevo para mí. Un sitio extraño, casi salvaje. La zona de las dunas estaba separada de la playa por un murete tapado de arena en algunas partes, y por entre medio de las dunas se veían caminos asfaltados, tapas de alcantarillas, y aquí y allá hierros retorcidos de algún proyecto de edificio abandonado. Mientras paseábamos por aquellos caminos asfaltados, que la arena y las plantas habían invadido hasta reducirlos a senderos, me contó la historia de aquel lugar y me fue señalando las plantas aromáticas que lo cubrían, todas desconocidas para mí. Hoy reconozco algunas y me he aprendido sus nombres: la siempreviva, el espino negro, el lentisco, la ruda, el labiérnago, el pegamoscas, el lirio de mar, y alguna más, y si las nombramos juntos, despertamos su olor y su imagen entre nosotros y vuelven a florecer los recuerdos asociados a aquel paseo que repetimos luego tantas veces.
Continuamos el paseo por la arena de la playa, descalzos. No estábamos solos, pero casi. Hubo un momento de silencio extraño entre nosotros; el rumor de las olas y los chillidos de las gaviotas se hicieron muy presentes. Lo rompió él.
-¿Puedo tocarte la cara? – me dijo.
Lo vi nervioso por primera vez y caí en la cuenta de que mi rostro seguiría siendo un misterio para él. No le contesté. Me puse delante de él, le cogí las dos manos y las elevé hacia mi boca. Le besé las manos y le dejé que explorara, con aquellos sus ojos, cada milímetro de mi piel. Primero cubrió mi cara con las dos manos, luego las desplazó hacia mi cabello, las juntó en mi nuca y me acercó hacia sí. Allí, pegada a él, su mano izquierda en el inicio de mi cuello, fue recorriendo con las yemas, como si pintase mi rostro con todo detalle, cada una de sus partes: mi frente, mi ceja izquierda, mi ceja derecha, el párpado izquierdo y luego el derecho, la mejilla izquierda y la derecha, mis labios, cada lado de mi mandíbula, el cuello. Levanté mis manos y repetí en su rostro lo que acababa de hacer él, los dos en silencio. Cuando llegué a su boca, alcé un poco la mía y él adivinó mi gesto, se inclinó y nos fundimos en un beso.
. ¡Mi amor! -me dijo- con una voz muy bajita, llena de ternura, lejos de aquella seguridad con la que se movía por el mundo.
La brisa del mar había dejado en nuestras pieles un rastro ligero de sal, una sal dulce, como la que mana en las bocas de los amantes. Nos demoramos en aquel beso, y nuestras manos se perdieron en el cuerpo ajeno despertando y recibiendo placeres que ambos habíamos soñado.
Fue una tarde perfecta. En mi recuerdo, la mejor tarde de mi vida.
Al abandonar la arena de la playa nos limpiamos la arena de los pies con una toalla que llevaba en su bolso y me pidió que confirmara que no se había puesto los calcetines del revés.
-A veces me distraigo y me pasa. Pero no soporto llevarlos mal puestos. Donde esté, como me de cuenta, me los cambio
Volvimos cuando atardecía. Sobre el espejo de las aguas de la Albufera, el sol del ocaso derramaba un volcán de nubes enrojecidas que prendían de fuego el paisaje. No le dije nada. Temía hacerle sentir su ceguera, pero fracasé en mi intento.
-¿Cómo está la Albufera?  Ya estará poniéndose el sol.
Le dije que sí, que estaba poniéndose el sol y que había gente allí, mirando, como siempre.
No sabíamos cómo despedirnos, después de dejar el coche. Nos separábamos, pero nuestras manos querían seguir en contacto. Nos besábamos discretamente y demorábamos el contacto de nuestras bocas muy próximas en sus comisuras. Decíamos palabras de despedida y volvíamos a reanudar el camino juntos. Finalmente, me pidió que le parara un taxi en la Gran Vía, le abrí la puerta, nos dimos un último beso y se dirigió a su casa. Yo me fui caminando hasta la parada del autobús envuelta en aquella  felicidad que desconocía. 

Cuando terminó fisioterapia, me pidió que nos casáramos y, aunque me lo esperaba y lo deseaba, me asusté. Siempre había hablado de él en casa como mi amigo el ciego, Miguel, aunque nuestra relación había pasado ya muchas leguas de la simple amistad. Temía que no lo comprendiesen. Pero también aquello lo tenía pensado y disipó cualquier reticencia de mis padres con su sola presencia.
-¡Te dije que el sueldazo para toda la vida le iba a tocar a quien quisiera yo!  - me dijo cuando bajábamos en el ascensor- sabía que sería para ti.
    Así es Miguel. No ve con los ojos, pero no deja de ver muy lejos.                       

lunes, 23 de marzo de 2020

¿Saldremos de esta?


                                             ¿Saldremos de esta?

No me gusta la expresión. Me parece pariente de otra, castiza: “no hay mal que dure cien años”. Las dos exhalan un aire de fatalidad que me asfixia.
Me suena a expresión mezquina, pues parece desconocer que hay miles de personas que ya no van a salir de esta, y otras muchas miles que van a llevar un peso en el corazón, porque dejaron a sus mayores en una residencia que no ha respondido a sus promesas, porque fueron innecesariamente donde no tenían que ir, porque se abrazaron y besaron a personas que no querían, o se dejaron abrazar y besar por ellas por cortesía, porque se tomaron a la ligera las admoniciones de quienes sabían…y de todo ello se derivaron perjuicios irremediables para quienes de verdad quieren o para ellos mismos.
Así que la palabra “saldremos” encierra una mentira. ¿Quizá, quien la dice se ha contado ya, anticipadamente, entre quienes saldrán? ¿Con qué derecho? ¿Conoce alguien, anticipadamente, su destino? ¿Realmente se lo cree, o siente ese pequeño vacío que deja en la conciencia la repetición compulsiva de palabras y eslóganes que no han nacido de nosotros?
¿Y si alguien está seguro de salir, está seguro de que lo que venga tras la salida será mejor que el presente? Todos sabemos que las guerras que nuestra generación ha visto solo en las imágenes de las televisiones son mucho peores que este régimen de aislamiento, que el tamaño de la crueldad y la estupidez posibles entre los hombres carece de límites. Los niños y jóvenes que se libraron en 1918 de la "peste española" fueron la carne de cañón de la segunda guerra mundial, y sus venturosos padres, quienes la organizaron o fueron incapaces de detenerla.
¿Estamos seguros de no haber creado una sociedad cuya complejidad ya no alcanzamos a comprender? Quizá cabalgamos un caballo para el que no tenemos riendas, quizá la potencia de la máquina en la que viajamos es superior a la potencia de sus frenos, quizá es el primer aviso, y todo lo que viene detrás ( que no podemos siquiera conjeturar, como ya nos ha pasado otras veces) nos supere muchos codos por encima de nuestra capacidad de comprensión, por encima de nuestro aguante físico, por encima de la tecnología que hemos inventado para las tareas ordinarias del día a día: comprar lo innecesario, comer mucho más de la cuenta, viajar por no saber estarnos quietos, buscar en la farmacia un consuelo a los pesares que no nos hemos parado a sentir...
¿A qué aludimos con la palabra “esta”? ¿A la pandemia, solamente?
Sabemos que es un virus mortal, pero que su letalidad se dispara en la desorganización, en la escasez de recursos adecuados, en el amontonamiento de los pacientes, en la improvisación, en la ausencia de profesionales preparados, en la veleidad de las poblaciones ante los mensajes de quienes tienen la responsabilidad (porque los hemos elegido nosotros) de organizar estos días difíciles.
¿También vamos a salir de esta?
Porque con la misma certeza que sabemos que saldremos de esta, podemos hacernos profetas y decir que vendrán otras, que aún no sospechamos. Nada nos asegura que no lleguemos  a hacer verdad aquellas palabras del gran pesimista Sánchez Ferlosio:“vendrán más años malos y nos harán más ciegos.”
¿Nos encontrarán desorganizados, sin medios adecuados, sin hospitales suficientes, sin suficientes profesionales para entender lo que venga y señalarnos el camino o hallar el remedio, sin responsables de tomar decisiones colectivas capaces de responder a las exigencias del momento?
¡Tantas cosas nos han pasado ya, y nos han encontrado desprevenidos, torpes, mal dirigidos, y la gestión de nuestros responsables no ha hecho sino multiplicar el primer daño con el que se hicieron presentes!
Que somos capaces de actuaciones heroicas, claro, a la fuerza ahorcan. Mucho más capaces que de la acción justa y planificada. Nos cuesta la organización y nos sobra impaciencia; nos sobra ingenio para reírnos cuando vienen mal dadas y nos falta inteligencia para aprender de los errores; nos encanta sentirnos ocurrentes, improvisadores, geniales, virtudes débiles todas ellas, ineficaces cuando las cosas se ponen serias, a vida o muerte.
Ya estamos olfateando el futuro,  un futuro que, en nuestra impaciencia, visualizamos ya como el tiempo en el que nuestro acontecer vuelva a tomar la forma repetida de lo conocido. Entregados a esa fantasía perdemos este tiempo, saldremos sin haber madurado para las exigencias que ese tiempo venidero nos demandará, porque ese tiempo vendrá con exigencias no previstas e  imprevisibles y corremos el riesgo de ser atropellados, como quien camina de espaldas al torrente de la vida. 
¿Saldremos también de esta?





En el lugar equivocado


                                                  En el lugar equivocado

      Cuando cerró la puerta de su despacho tras la salida de aquella visita, se dio cuenta de que estaba en un lugar peligroso. No antes. Mientras hablaba con él, le pareció un hombre educado que buscaba la solución a un problema administrativo, nada distinto a otros empresarios del transporte que solían ocupar el mismo asiento a lo largo de su horario de atención al público. Le pareció de origen eslavo.  Era robusto, de cuello corto y brazos poderosos, con un reloj aparentemente caro en su mano izquierda y una cadena dorada en la muñeca de su derecha, hablaba un español cuidadoso con ligero acento extranjero, y el tono de sus palabras no superaban las modulaciones de una conversación amable. Con aquella forma de hablar, que intentaba ser persuasiva, fue haciéndole explícitas poco a poco sus intenciones. Al principio nada que desconociese, pero poco a poco fueron tornándose inquietantes, más inquietantes cuanto más se esforzaba la visita por sugerirlas sin llegar a darles el verdadero nombre. Sin embargo fue al verle levantarse de la silla y caminar hacia la puerta, al acercarse a él para acompañarle hacia la salida,  al observar la forma en que se desplazaba por el pasillo que llevaba a los ascensores y contemplar los pasos lentos, de rumiante herido, cuando cayó en la cuenta de que sus explicaciones no habían llegado a convencerlo y de que los razonamientos con los que había tratado de explicarle la imposibilidad de acceder a lo que le pedía habían sido tomados simplemente como una excusa.    
      - Y el caso es que tiene razón en lo que pide, incluso le ampara la Ley en su reclamación, pero no puedo hacerlo sin transgredirla yo – pensó, y un desasosiego distinto al que sentía en situaciones similares, una lucecita roja encendida en algún lugar de su cerebro parpadeó insistentemente y le sorprendió cuando terminó de cerrar la puerta.
      -Este hombre no está acostumbrado a perder –pensó- y fue este pensamiento el que le hizo darse cuenta de que trabajaba en un lugar peligroso.
        Corrían malos tiempos para los funcionarios de la Administración y peores para los de la administración valenciana; se lo había dicho muchas veces. Parecía como si, desde algún lugar extraño, personas siniestras hubiesen decidido su hundimiento. Allí, en aquella autonomía tradicionalmente socialista hasta las últimas votaciones, el partido gobernante hacía un ensayo menor de su proyecto de gobierno. El plan, dilatado en el tiempo pero muy seguro en su final, llevaba ya andado un largo trecho de su camino: primero fue abandonar su responsabilidad y compromiso de gestionar de lo público; sabían que el abandono traería consigo el deterioro, y que el deterioro abonaría el desprestigio; sólo en tercer lugar, con la opinión a favor de todos aquellos a quienes, sin conocer los motivos de la ineficiencia en los servicios que debía prestar, en su extrema debilidad provocada, intentar liquidarla; es decir, privatizar la gestión de los servicios. Él estaba asistiendo al inicio del tercer paso, incluso se veía colaborando en llevarlo a cabo, en contra de su voluntad, después de haber sufrido en otros puestos el abandono, el deterioro y el desprestigio acelerado. Definitivamente, pensó, la racionalidad misma está en soberano peligro, y la este ciego abandono no engendrará otra promesas que la frustración y el dolor.
      - No me pidan personal. Los puestos vacantes no se van a cubrir, Preparen un contrato de servicios con alguna de las empresas de cesión de personal – les había dicho el Director General de Transportes la primera y única vez que lograron hablar con él y explicarle las necesidades que el departamento tenía.
       Estaba convencido de que el abandono de lo público no era una casualidad. Se vestía de formas muy diferentes en cada órgano de dirección y encontraba entusiastas en muchas partes, pero él advertía como un cierto protocolo de derribo que seguían con precisión: la infrafinanciación, la veleidad en la selección de las personas que ponían al frente, la ausencia de control en el cumplimiento de los deberes de los funcionarios, la arbitrariedad en la asignación de los puestos de responsabilidad...
     Hubiera sido difícil argumentar la privatización de servicios que funcionasen con la competencia, con la equidad y el precio que puede hacerlo cualquier servicio público bien gestionado- pensaba-  pero si se financian deficientemente, se abandona su gestión, es decir, si se evita aplicar los principios de publicidad, igualdad y competencia en la provisión de los puestos de trabajo, si se coloca al frente de los departamentos a personas sin experiencia ni capacidad, individuos serviles y venales, pendientes solo de seguir congraciados con quien los nombró para el puesto, si se hace depender la promoción de los trabajadores del seguimiento de los dictados de quienes les han dado el empleo, no será necesario sino el paso del tiempo para que hasta el más espléndido palacio devenga en ruinas.
      Aquella mañana, la visita se había presentado, sin anunciarse,  en el vano de la puerta siempre abierta de su despacho. Saltarse el control de Amparo, la auxiliar que solía llevar el registro de quienes deseaban hablar con quienes atendían en los despachos, ya era un síntoma -pensó cuando ya se hubo marchado.
      Nada más entrar había cerrado la puerta.
      - Déjela, déjela abierta – le había dicho – este despacho está siempre abierto.
      Pero la visita no le había hecho caso. Había cerrado la puerta y se había dirigido hacia la mesa detrás de la cual, en su calidad de jefe de sección de autorizaciones de transporte, él se había alzado de su silla con la mano extendida, en señal de saludo.
      - “Soy el puto jefe de las autorizaciones de transportes de mercancías en Valencia” – decía, con un punto de ironía a sus antiguos compañeros de la administración, quienes desconocían aquel mundo de locos.
      - Buenos días, le había contestado. A lo mejor tenemos que hablar de cosas que no conviene que oigan todos – le había dicho para justificar la consciente desatención a sus palabras.
      No le había gustado aquella justificación, pero le pareció innecesario y descortés corregir su decisión. No tenía nada que ocultar, ni siquiera el miedo, que en aquel inicio no sentía.
      - Tome asiento –le dijo, señalando con su mano la silla frente a su mesa.- Dígame, continuó, dispuesto a oír más o menos lo de siempre y a contestar amablemente más o menos lo mismo.
     - En primer lugar, permítame que me presente. Me llamo Mardo Amir Zade, soy de origen Armenio, pero nacionalizado español, y soy el gerente de la empresa de transportes MAZTRANS. Usted sabrá que llevamos dos meses esperando las autorizaciones de transportes para cinco cabezas tractoras. He venido a ver cómo podemos arreglarlo.
      - Pues no, no lo sé. Son muchos los expedientes que se tramitan en esta sección. Me imagino que me está diciendo la verdad, porque se nos ha acumulado un atraso importante, que está afectando a muchas personas y tenemos muchas solicitudes pendientes de atender. Créame que lo siento. En estos momentos, la mitad de mi trabajo consiste en explicar estos atrasos y resolver las complicaciones que nos generan. Soy el primero en sufrir los efectos de esta falta de personal. Aunque ese no es su problema, me dirá y con razón.
      - Usted lo ha dicho – dijo moviendo afirmativamente su cabeza
      - Llevamos tres meses de atraso en la tramitación de solicitudes, pero no podemos hacer más de lo que hacemos- continuó.
      A pesar de llevar poco tiempo en la jefatura del departamento había llegado a la convicción de que sí se podía hacer más de lo que se hacía. Evidentemente, el atraso en la Administración nunca es casual y mucho menos cuando el procedimiento conllevaba unas tasas que pagaban sobradamente los gastos de tramitación. Pero de aquel atraso vivían muy bien, si bien fraudulentamente, muchas familias. Aquello no se podía decir, pero una vez que se ha comprendido, tampoco se puede dejar ya de pensar.
      - Dentro de mis competencias están las que se refieren a la organización del servicio, a las personas que tengo, pero no tengo competencias para contratar a más personal, que sería la única manera de solucionar el problema, el suyo y el nuestro, créame. Como sabe, al trabajo habitual se nos ha sumado la tramitación de las autorizaciones del tacógrafo digital. Estamos totalmente desbordados por el trabajo y no nos aumentan el número de trabajadores.  Ya sé que lo que le digo no constituye una justificación para usted, que pensará que esos son mis problemas...Se lo comento para que vea la dificultad de atender su petición...
      - Yo sé que también hay otras maneras. No he venido aquí para hablar de legalidades, sobre eso usted sabe más que yo. Tengo cinco camiones de veinticinco toneladas circulando por Europa sin la documentación necesaria, y eso es muy caro. Mire, yo llevo quince años en España, y desde que vine he tratado de ser legal, no porque sea un defensor de la legalidad, sino porque es más barato.
      Se dio cuenta enseguida de que aquella visita era especial y se puso a la defensiva.
      - Es otra forma de verlo – le concedió con una sonrisa.
      - Mire, circular sin la documentación me supone que mis camiones estén parados en las áreas de servicio desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche, y que en vez de poder hacer tres viajes por semana sólo puedan hacer uno y medio. Más lo que cuesta circular sin la documentación adecuada
      - ¿Quiere decir que están haciendo transporte internacional?
      - Sí, claro. No pensará usted que yo voy a tener parados los cinco camiones desde que solicité la documentación, hace dos meses.
      - Pues no, pero, no sé por qué, me imaginaba que estaban por las carreteras españolas. Se arriesgan ustedes mucho - le dijo, mientras aumentaba la oscuridad imaginada del mundo de sombras en que se movía el sector del transporte en España.
      - Yo tengo conductores que saben idiomas, que conocen las carreteras de Europa como usted puede conocer las de la Comunidad Valenciana. Nuestra empresa es muy competitiva en el transporte internacional. Perdemos mucho dinero con los camiones parados.
      - Aun así... Sigo pensando que corren muchos riesgos.
      - Bueno, sabemos a qué horas tenemos que circular y mis empleados tienen algunos amigos por las carreteras... Pero nos sale muy caro.
      En su cabeza se desplegó, como una secuencia de imágenes, la película de un viaje internacional: conductores que se transmiten con las luces mensajes en clave, agentes de aduanas que se hacen los distraídos, policías de tráfico que, de repente, se vuelven ciegos, cabezas tractoras que cambian de remolque en un aparcamiento...
      -¿Cuánto tiempo tendremos que esperar todavía? –preguntó sin dejar traslucir en la pregunta la ansiedad de la espera, sino la indiferencia de quien pregunta por la hora de la salida del cine.
      - Podría decirle una fecha, pero seguro que me equivocaría – le contestó como en otros casos.  Solo puedo decir el atraso que llevamos ahora en la tramitación, que es de sesenta y ocho días, pero cualquier enfermedad de alguno de los funcionarios, o la llegada de algún refuerzo, pueden alterar notablemente las previsiones que yo haga. No lo sé. No es probable que las gestionemos antes de quince días ni que tardemos más de dos meses.
      - Pero se podrá hacer algo... Me imagino. Mire, ya le he dicho que somos tremendamente competitivos en el transporte internacional, estamos abriendo nuevos mercados para las mercancías españolas, los productos hortofrutícolas están llegando hasta donde no se imagina, tenemos el proyecto de ampliar la empresa, y pronto necesitaremos más camiones. Me gustaría poder enseñarle nuestras instalaciones, que viese “in situ” lo que estamos haciendo.
      La presencia de aquel latinajo en su conversación le sorprendió al funcionario. No era normal oír a alguien del transporte expresarse con tal corrección y mucho menos oírle echar mano del latín. Indudablemente aquel hombre “sabía latín”, pensó.
      - Se lo agradezco- contestó como si en la conversación no hubiese aparecido lo que se anunciaba como intento de soborno-  El trabajo de este departamento me pide más horas que las que tiene mi horario. A ver si nos ponemos al día en la tramitación y tengo tiempo de poder pensar en algo distinto y más estimulante.
      - No se preocupe. Puede venir un fin de semana. Podemos preparar una “torrà de xulles” o una paella, si prefiere, y pasar el día. Estamos en Chiva, llega usted en un momento.
      Le extrañó la soltura con la que se manejaba en las expresiones más coloquiales- aquel hombre no cesaba de sorprenderle-, pero la novedad de aquella situación estaba comenzando a ponerle nervioso.            Como funcionario, hasta aquel momento, su trabajo se había limitado a tareas de despacho, y en aquel momento, aquel hombre le ofrecía algo que significaba que le reconocía como depositario de poder. Sus palabras le habían hecho entender que él había entrado ya en otra dimensión. De repente, se dio cuenta de que el poder de su puesto de trabajo trascendía lo meramente administrativo y aquella idea le disparó una reacción de pánico que le humedeció las manos. Se esforzó por mantener la seguridad en la voz, por no descomponer la compostura, por buscar una respuesta que no trasparentase la inseguridad que sentía ante su propuesta.
      - No se imagina lo liados que tenemos en casa los fines de semana, estamos criando y...
      - No se preocupe – le interrumpió, decidido a que ningún obstáculo se interpusiese en su empeño- puede venirse con la familia, también nosotros tenemos niños. Le aseguro que se lo pasarán bien.
Oírle hablar en plural le inquietaba. ¿A quién se refería cuando decía “nosotros”? 
      - No lo dudo – concedió, para poder negarse con un poco más de convencimiento. Sin embargo, no estoy seguro de que le pareciese una buena idea a mi mujer, bastante cansada ya con las horas extras de trabajo que me exige sacar esto adelante.
      - También podemos recogerle un sábado por la tarde y buscarle compañía – añadió con total tranquilidad.
      Se le hizo transparente la intención de las palabras que acaba de oír. Era la primera vez en su vida que, como funcionario, se le estaban ofreciendo ciertas cosas que no había imaginado que también le llegarían a él.
      - Se lo agradezco.
      - Le voy a ser franco – continuó hablando con tranquilidad aquel hombre de palabras amables e intenciones nada francas Ya le he dicho que nos interesa actuar dentro de la legalidad. Sé que los funcionarios españoles son personas competentes, que frecuentemente están sobrecargados de trabajo y que les cuesta cumplir con los plazos, que se retrasa la tramitación de los expedientes... En fin, no se imagina la cantidad de trámites que nos ha tocado hacer desde que vinimos a España. No vengo a pedirle nada ilegal, nosotros cumplimos todos los requisitos para poder tener las autorizaciones, en número de vehículos, en contratación de profesionales, en recursos económicos...Sólo le pido que nos adelante la tramitación de las autorizaciones. De mi vida en España he sacado la conclusión de que prefiero que las personas con quienes voy a trabajar, o que van a tomar decisiones que afectan a mis empresas, sean mis amigos. No vengo a pedirle nada, solamente a ofrecerle mi amistad.
      El hombre pedía algo razonable: no tener que esperar tres meses, con los camiones parados, para obtener unos permisos que la administración le exigía para poder trabajar. Algo que no suponía un gran coste para la administración, pues bastaría con la contratación de tres personas más en el departamento para que el plazo de tramitación se redujese a poco más de una semana. El coste que este atraso en la administración infligía a las empresas era difícil de justificar y aparentemente incomprensible. Pero quedaba claro su sentido cuando uno comprendía la intención, lo que con aquel atraso aparentemente justificado por la falta de funcionarios y por la congelación de las plantillas se buscaba. Hasta que logró entender las consecuencias de aquel desorden organizado le parecía estar en una casa de locos, cuando lo entendió, se dio cuenta de que quienes él trataba de locos eran consumados delincuentes, de guante blanco, eso sí.
      - Y yo valoro su ofrecimiento, y no puedo dejar de agradecerle que confíe tanto en mí desde el primer encuentro.
     - No, yo sé que usted es una persona recta, me he informado, y también sé que algunos de sus subordinados no lo son y se saltan sus indicaciones y alteran el orden de la tramitación de los expedientes, y sacan su sobresueldo, por esa razón he querido hablar con usted, porque yo no quiero entrar en ese juego.
      Había preparado concienzudamente su visita. Que conociese las irregularidades en la tramitación que infructuosamente él trataba de atajar desde su llegada a la jefatura, que se lo hubiese dicho a él y que quisiese usarlo en beneficio suyo le pareció parte de un plan de acoso bien trazado, no una casualidad.
     El día que en su cabeza se ataron todos los hilos que parecían sueltos se dio cuenta de que todo lo incomprensible adquiría un sentido. El atraso en la tramitación de las autorizaciones de transporte tenía sus beneficiarios: en primer lugar, las gestorías y las federaciones de transporte, que se dedicaban a tramitarlas, pues por algo que la administración cobraba 25 euros ellos pedían a los transportistas más de cien. Conscientemente, se había divulgado entre los profesionales del transporte la extrema dificultad de aquello que era un simple acto administrativo, y de aquella convicción vivían la mayoría de ellas. Pero la mayoría de los transportistas los pagaban a gusto, con tal de no perder un día de trabajo. Si hubieran llegado a saber que aquel trámite, si hubiera estado bien organizado, no debería exigirles más de media hora en una ventanilla de la administración, a lo mejor se lo habían pensado mejor. El desorden era también un campo propicio para que algunos funcionarios sacaran tajada sin correr demasiados riesgos
       Convencido de que todos tenemos un precio, aquel hombre había comenzado a dar vueltas, a tratar de encontrar el flanco débil de aquella resistencia, a intentar saber cuánto le iba a costar en esta ocasión. Actuaba con la convicción de hallarlo.
      - Nosotros podemos conseguirle a precios muy asequibles coches deportivos o de gran cilindrada – añadió.
      Nada le interesaba e él menos que un coche deportivo o de gran cilindrada. Desde poco después de sacarse el permiso de conducir había renunciado a utilizarlo, aunque seguía renovándolo cuando le tocaba, y había aprendido a organizarse la vida sin la ayuda ni el sometimiento al automóvil.
      - ¿Sí? – le preguntó, más extrañado que interesado por aquella nueva propuesta. Recordó la alusión que el Director General de Transporte les había hecho a los grandes vehículos que algunos auxiliares de aquel departamento de la administración conducían...
      - Sí, sí. Coches con su documentación en regla, que no le van a ocasionar a usted ningún problema – añadió con una cierta convicción de haber dado por fin con la puerta que se abría.
      - No siento ninguna atracción por los coches – le confesó con media sonrisa que pareció desconcertar aún más a su interlocutor. Nadie lo diría de alguien dedicado al transporte, ya sé, pero haber llegado a la gestión de las autorizaciones de transporte ha sido una burla del destino. Es el lugar donde nunca hubiera imaginado trabajar, una tarea de la Administración que incluso desconocía antes de llegar a aquí.
      - No me diga que es el único funcionario en la administración española que no se deja comprar – le soltó ya como un acto desesperado, aunque sin alterar el tono de sus palabras
      - No lo sé, no conozco toda la administración. Y le voy a decir más, no creo que sea así. A mí me pasa como a usted, que me gusta moverme en la legalidad. Todavía no he encontrado nada que me dé más satisfacción que tirarme en la cama y dormir a pierna suelta, algo que no siempre consigo en estos momentos, pero que me resultaría imposible si además de organizar con una mano el trabajo con criterios legales y de eficacia emplease la otra para desorganizarlo.
      Y, sin embargo, su esfuerzo por hacer respetar la legalidad también había comenzado a inquietarlo, a interferir en su sueño. Aquel intento cabreaba a mucha gente también, personas con poder, personas acostumbrada a tomar como un derecho lo que solo era una inveterada costumbre de saltárselo a conveniencia, personas dispuestas a hacer daño…
      Recordaba la advertencia de Pepe:
      -¡Cuidado, que un día vas por la autovía, y en cualquier adelantamiento a 120 por hora, un camión, como quien no quiere la cosa, te saca de la carretera! 
      -Lo entiendo –contesto condescendiente. No deseo entretenerle más. Tómese un tiempo para pensar en lo que hemos hablado aquí, quizá encuentre algo interesante – le dijo en ademán de levantarse
      - Le haré caso – le contestó para no romper el fingido tono amable de la conversación.
      Extendió la mano y se despidió. El tacto de las manos de ambos delataba la tensión que habían disimulado la formalidad de las palabras. El saludo fue breve y esquivo, las miradas directas de la llegada se habían vuelto ariscas y desdeñosas. Apurando los tiempos de cada movimiento se dirigió hacia la puerta que había permanecido cerrada, como quien se da por vencido.
      Fue entonces, mientras le veía caminar pesadamente hacia los ascensores, y observaba la cara de extrañeza de Amparo al verle salir sin que hubiese controlado su entrada, al volver a su despacho y cerrar la puerta, cuando tomó conciencia del ambiente de tormenta que se había instalado entre las cuatro paredes mientras hablaban, y le pareció encontrarse en un lugar peligroso.
      Por su mente pasaron, como en una película, las fotos tantas veces vistas de los abogados laboralistas de Atocha asesinados en 1977, aquella venganza de matones que pertenecían al sector del transporte. De aquello hacía justo treinta años, pero sin saber por qué, las fotos le parecieron muy recientes.

lunes, 2 de marzo de 2020

Hacer puntas ( 9 ejercicios de temática y extensión pautados, dentro del curso de escritura creativa)

         La joven bailarina pregunta:
         -¿Cuándo podré hacer puntas?”
         La profesora le contesta:
         - "¿Qué tipo de estudiante de danza eres?”
        Iniciar las puntas a los 12 años presupone que la niña esté empezando su cuarto año de clases de ballet, en una escuela de danza que sigue un programa diseñado para entrenar hasta un nivel profesional. 
         La aceptación en el programa indicaría que la niña, con ocho o nueve años, tiene la suficiente facilidad anatómica para poder dedicarse al ballet
         El programa habrá consistido en clases que incrementen la dificultad y frecuencia de los ejercicios progresivamente, a lo largo de los primeros tres años. 
         Cuando alcance los 12 años, la estudiante estará cursando cuatro clases a la semana. Sus pies y tobillos estarán fuertes, el control de su torso y pelvis será bueno, y su habilidad propioceptiva estará bien desarrollada.  (Internactional Association for Dance Medicin and Science)
     


(1) Los efectos secundarios del consumo de Helio

Cuando terminó el jaleo de la cabalgata que había pasado por delante de su casa, y se fueron sus hijos y nietos, ella se quedó sola, agradecidamente sola; la alegría que le daban cuando llegaban se acrecentaba cuando se iban: aquellos nietos que no paraban terminaban por hartarla.  Se dirigió a su sillón, encendió el televisor y se puso a ver “Amar es para siempre”, serie que seguía desde aquel lejano año de 2005, y que ella continuaría llamando con su primitivo nombre “Amar en tiempos revueltos”.
            Aquel día, mientras veía la serie, comenzó a comer de las bolsas de chucherías que habían dejado los chicos encima de la mesa y, sin darse mucha cuenta, acabó con unos restos de “cheetos”, unos cuantos “doritos”, algunos “piponazos” y también con los cacaos, el maíz frito, algunas las nubes de azúcar de diferentes colores y una especie de bombetas que reventaban en la boca y le daban mucho gusto.
            En el primer corte publicitario se fue al aseo, como solía hacer, para poder seguir la segunda parte sin apreturas. A la vuelta, se dio cuenta de que las chucherías le habían dado mucha sed, pasó por la cocina y tomó un poco de agua. Se dirigió al sillón y volvió a sentarse. Le pareció que le costaba más de lo normal doblar las rodillas, así que estiró las piernas y se recostó en el respaldo. Cuando iba a comenzar la segunda parte, sintió una sensación rara, como si su cuerpo se despegara del sillón, y le pareció que tenía algo hinchadas las manos. Se asustó, e hizo fuerza para agarrarse a los reposabrazos, pero se le habían hinchado los dedos, le resbalaban por el tapizado sin poder sujetare a nada. De repente, vio que se elevaba, que el suelo se alejaba de sus ojos, que ascendía hacia las vigas de madera, y que allí abajo, sobre la mesa, junto al mando de la tele, se quedaba el teléfono que le hubiera sido tan útil en aquella circunstancia.
Se agobió, y soltó un grito de socorro, aunque sin esperanza de ser socorrida por nadie, pues vivía en una casa unifamiliar antigua, de techos altos, el salón quedaba lejos de la calle y daba a un patio soleado y grande. Pero lo peor fue escuchar su propia voz. Volvió a hablar: “me llamo Pilar, vivo en la calle mayor, hoy es la fiesta de la parroquia de san Miguel”. Le pareció ridícula, aflautada, ajena, extraña ¿Qué le estaba pasando? Sintió preocupación por lo que le pasaba y al tiempo una cierta extrañeza de que aquella situación tan inesperada no la angustiara más, pues le daba un cierto gusto andar por allí, por las alturas, viéndose ahora como alguna vez ya se había visto en sueños
- “¿Estaré soñando también ahora?” pensó- Pero lo descartó enseguida. Estaba despierta y bien despierta, seguía la serie, que se había reanudado, y sentía hasta un cierto gusto de verse allí, ella, que había jurado no subirse a un avión jamás.
Aquello no se había visto nunca, ni ella había oído en su vida contar algo semejante. Menos mal que nadie le habría oído aquella voz tan ridícula, pensó. Se dio cuenta de que seguía ascendiendo suavemente, y si al principio le preocupó que fuera a darse un cabezazo contra el techo, ahora comenzó a temer que se acabara aquel efecto y cayera de golpe al suelo. Pero no podía hacer nada, excepto preocuparse; tendría que esperar a que viniese sus hijos, que solían pasarse a lo largo de la tarde a verla. Pero la idea de que pudiesen entrar sus nietos y la viesen allí arriba, como un globo hinchado, añadió una nueva preocupación a las que ya tenía. No podía soportar la idea de que mirasen hacia arriba y viesen lo que ocultaba su falda, pero que en el vuelo dejaba al descubierto: su ropa interior y sus piernas sin medias.
-“Dios mío”- pidió con todo el fervor de que era capaz en aquel trance- “que venga sola mi hija”.
Pasó un tiempo impreciso allí, sin atender ya a la telenovela, que volvía a continuar después de un nuevo corte publicitario. Algunas tardes, echaban tanta publicidad que llegaba a dar una cabezadita mientras tanto, pero aquella tarde…Discutía consigo misma, observaba lo mal que limpiaba el polvo de los altillos Olivia, la chica que venía los jueves a ayudarla en la limpieza y rezaba para que Dios le sacase de aquel apuro, y sobre todo para que no la llegasen sus nietos. De pronto oyó que se abría la puerta. Por la forma de girar la llave supo que Dios hacía escuchado sus deseos
            - “Hija, no te asustes, que estoy aquí” – dijo con aquella voz rara de la que se había olvidado- y la advertencia no hizo sino anticiparle a su hija un susto inevitable y duplicar el que le esperaba al abrir la puerta del salón.
            - ¡Pero madre! ¿qué hace ahí? Le dijo la hija. sin comprender lo que estaba viendo.
            - ¡Gracias a Dios! -dijo la madre, sin responder a aquella pregunta que no tenía respuesta, y sintiendo el alivio de no oír el bullicio de los pequeños.
            - ¿Y esa voz? ¿Cómo que gracias a Dios?  Ya está bajando usted ahora mismo- le conminó como si su voz tuviese poder sobre las fuerzas de la naturaleza.
            - ¡Ya me gustaría, hija, ya me gustaría! ¿Tú crees que estoy aquí por gusto?
            Su ascenso se había detenido y su cuerpo se bamboleaba ligeramente en el espacio, ajeno a cualquier acto de su voluntad.
            De pronto, la hija se dio cuenta del tamaño de su incomprensión y se puso a llorar. ¿Pero qué le ha pasado?
- ¡Eso quisiera saber yo, hija! ¿Qué me ha pasado? ¡Solo lo sabe Dios!
            - A ver. Voy a coger el cepillo, se agarra y yo tiro para abajo.
            - Pero si no puedo hacer fuerza con las manos. Si parece que me he espiritado
            - ¿Cómo que espiritado, ni espiritado? Ahora mismo llamo al médico.
            - ¿No sería mejor llamar al cura? ¡Que a lo mejor son cosas del demonio!
            - ¡Qué demonio, ni qué demonio! Usted ha hecho algo, o comido algo que le ha sentado mal y por eso le pasa lo que el pasa.
            - Si yo estaba viendo la telenovela, como todos los días…
            Volvió a oírse la puerta y entró el yerno.
-Luis, tranquilo. Ven, pero no te asustes- le dijo su mujer.
            Luis se dirigió con paso ligero hacia el salón y oyó la voz de quien era su suegra.                      - ¡Y que no mire para arriba!
            - ¡Qué tonterías dice, madre! ¿Cómo no va a mirar?
            - ¡Joder! -soltó Luis, sin poder reprimir su sorpresa cuando entró en el salón. ¿Qué ha pasado aquí? Y esa voz, tan rara…
            - ¡Lo que ves y lo que oyes! ¡Ya he llamado al médico!
            -Yo estaba viendo la telenovela…a lo mejor algo que he comido…, de las bolsas de chucherías…
            Luis miró las bolsas vacías que había sobre la mesa y lo entendió todo.
            - ¿Y se ha comido también las bombetas de helio? -preguntó.
- ¿Ésas que explotan en la boca? Y tan ricas. Pero casi sin darme cuenta, al tuntún – contestó la abuela, y se dio cuenta de que aquella voz ridícula de antes comenzaba a desaparecer.
- “Me está cambiando la voz” -añadió.
- “A ver. Póngase aquí, encima del sofá, por si acaso”, y con el cepillo la empujó suavemente en la vertical del sofá, esperando que el aterrizaje fuese suave.

            Al tiempo que se le normalizaba la voz y parecía bajar la hinchazón, el cuerpo comenzó a perder altura y no tardó en aterrizar sobre el sofá con la suavidad de un copo nieve. Cuando sintió su cuerpo ya sentado, rompió a llorar desconsoladamente, las regañinas de su hija y el disgusto que les había dado la dejaron convencida de que la culpa de todo aquello había sido suya.  



                                                 (2)  Mis manos

          Tengo manos femeninas, sin ser mujer, de pianista, sin ser pianista, manos de señorito, sin ser señorito. Mis manos son del color de las manos de mi padre, su dorso moreno y la palma sonrosada, en la forma de las manos de mi madre, la palma alargada, los dedos largos y flexibles, ágiles, precisos en el movimiento, fuertes como los de mi padre. No se me resiste el tapón de una botella, la tapa de un bote de conserva o un par de nueces. Mi hijo, de pequeño, creía que eran como las de Zeus ¡Que lo abra mi padre! -decía, si alguien se afanaba impotente con un tarro de miel, una botella de vino o una de cava.
Las líneas de mis manos harían las delicias de un quiromante. Las dos muy parecidas: larga la de la vida, profunda y segura la de la cabeza, trenzada e insegura la del corazón. En la mano derecha, casi en la base del dedo índice, pegada al final de la línea que representa al corazón, llevo desde siempre una pequeña peca; una estrella para unos y para otros una nube.
También conservo en ellas algunas cicatrices que me traen recuerdos dolorosos.
Siempre me fijo en las manos de otros, en la forma, los gestos, el tacto si las toco, en el mensaje que trasmiten del cuerpo al que pertenecen. Las manos son la señal del dar y del recibir, del ofrecer y del arrebatar, con esos dedos desproporcionados al tamaño de su palma.
No me gustan guantes, ni anillos. Nunca siento frío en ellas y pienso que ningún adorno puede embellecer unas manos bellas ni ocultar la fealdad de unas deformes. 
Mis manos están llenas de memoria: saben atar los cordones de los zapatos, jugar a las canicas, conducir un aro, bailar una peonza, jugar con un teclado, tocar una melodía en una flauta, coger agua de una fuente, lanzar una piedra con una onda, partir leña, encender un fuego, moldear la arcilla, amasar pan, llevar una bicicleta, adivinar el punto de madurez de un melón, una breva o un aguacate, poner una tirita sobre una herida, cambiar un pañal, hacer finos aros de cebolla con un cuchillo, machacar un ajo, freír un huevo, lavar las hojas de la lechuga, rallar una zanahoria, consultar un diccionario, escribir y dibujar lo invisible, lo que aún no tiene existencia ni nombre, limpiarme las orejas, sonarme los mocos y acudir a otras necesidades del cuerpo que no nombro.
En ellas, solo en ellas, guardo el recuerdo de la geografía de los cuerpos: la sedosidad de unos cabellos, la anatómica curvatura de las frentes, la dureza de los pómulos, la suavidad de unas mejillas, la dulce humedad de unos labios, la palpitación invisible de los cuellos, la fatiga de los pechos, la dureza de unos pezones que se alzan al sentir una caricia, la tibia llanura de los vientres, la pedregosa extensión de las espaldas, la calidez del suave musgo que cubre los sexos, los pliegues más recónditos, la fuerza de unos muslos, la fragilidad de un tobillo, las cosquillas que esconden los caprichosos dedos de los pies.
 También recuerdan la agreste corteza de los pinos, el terciopelo de los pétalos de las rosas y el placer de apretar la nieve entre los dedos.
Con ellas, solo por ellas, realicé también acciones viles: entre otras, tiré piedras a los gatos, abatí a un cernícalo en su vuelo suspendido y a una pareja de abejarucos posada en un cable de teléfono, desollé una nutria, inyecté formol en el cuello de un tejón y asfixié y disequé un colibrí.
En otras ocasiones acaricié a un perro callejero, devolví una implume cría de golondrina al nido del que se había caído, di de beber a los pollitos. De vez en cuando, deposito unas monedas en una mano, en un sombrero o en la funda abierta de un instrumento musical. Riego todos los miércoles por la noche las macetas de casa…
Nada me produce más tristeza que una mano cortada o el muñón de un brazo.
En la imagen de las manos de mi madre, juntas sobre su regazo, su piel translúcida pegada a la forma de sus huesos, recuerdo el futuro de las mías, con las que cerré sus ojos, poco después de cumplir cien años.

                              
                                          (3)       La fea


No sabéis de dónde vengo. Ni imaginar podríais los abismos que he sorteado para estar todavía aquí. En realidad, yo debería haber florecido ya entre las hojas de las malvas, pero estoy aquí. Soy la fea oficial de España. La Preysler, la reina Letizia y yo, tres celebridades.
 Yo nací fea. No que fuera engendrada fea, sino que aterricé en este mundo en un parto difícil, mal atendido. y cuando se me fue la hinchazón de la cara, eso dice mi madre, se me quedó esta que tengo. De no haber tenido las ganas de vivir que siempre he tenido, quizá hubiera muerto.  Me desarrollé, crecí, me hice mujer, viajé, amé y fui amada, tuve hijos, y sigo con la misma cara.
Mi frente es estrecha, las cejas serían una sola sin la ayuda diaria de las pinzas, los ojos son desiguales y tengo un mirar algo bizco. La desviación lateral del tabique nasal estropea mi nariz aguileña y distinguida. Tengo los labios finos y la boca pequeña. En mis encías no caben tantos dientes y muelas y, aunque me quitaron las del juicio, siguen amontonados y sin orden. Debo cuidar mi espalda, que tiende a la joroba, y mis rodillas, que se juntan demasiado.
No os cuento mi infancia de niña fea. Para los chicos era “la fea”, así con un gesto de asco. Más me dolían los desprecios de las chicas, más crueles: “tú no vengas, que eres fea”. Los berrinches que yo me pasé en casa solo los conoce mi madre, que me había enseñado desde pequeña a no llorar en la calle, a no pelearme por aquellas palabras previsibles. “La suerte de las feas, las guapas la desean”, me decía siempre. “Tú, a lo tuyo; si tienes paciencia, serás alguien importante en la vida”. Con este ánimo crecí, y cuando me llegaron todas las cosas buenas que han venido, las he recibido con sencillez, pues nunca las había echado en falta; me pareció que habían sido siempre mías.
 En las fotos de la escuela, como crecí rápido y soy alta, me colocaban siempre en la última fila, y ya me las apañaba yo para dejar caer mi melena al tiempo que el fotógrafo disparaba. Porque no tengo un perfil mejor que el otro; sino uno peor que el otro. Odio la fotografía. En la época de los selfis, un martirio.
 Me fui, hui a Madrid, en cuanto terminé el bachillerato, a escapar de aquellas miradas de siempre, a perderme. Me matriculé en una escuela de teatro. “Siempre se necesita una fea en el escenario, para que la guapa sea más guapa”, me dije. “Me pido todos los papeles de fea.” Allí aprendí a colocar mi voz, que no era ésta, el silencio, a reconocer mis afectos y nombrarlos, y  allí descubrí que hay mucha vida que discurre por los márgenes de la vida ordinaria: personas que odian su cuerpo, como yo llegué a odiar el mío, porque se sienten prisioneros de uno que no reconocen como suyo, o porque su belleza fue la excusa que alguien tomó para abusar de ellas; hombres encerrados en una coraza de timidez que les cohíbe la expresión de cualquier pasión, o que improvisan palabras y formas afectuosas sin hondura, sin contacto con su sentir más verdadero También me di cuenta de que todas las personas guapas tienen un parecido, y que las feas lo somos cada una a su una manera. Yo tengo la mía.
En una noche de más vino que rosas fui amada y disfruté por primera vez de tener encima y dentro de mí un cuerpo que había imaginado en otros brazos. Le gustaba el sabor de mi boca, el olor de mi piel y el tacto de mis manos grandes, ¡Cómo lo recuerdo! Se lo llevó el huracán del sida, con otros muchos. Antes, tuvimos dos hijos. En el esfuerzo por criarlos, en el empeño de que no les faltara nada de los hijos que tenían padre y madre, se me ha pasado la vida, y me ha llegado esta especie de felicidad en la que vivo. Muchas veces bordeé lo irremediable y lo evité por ellos. De mi vida en las pantallas, en las pasarelas, en las interminables sesiones con los fotógrafos de moda, lo sabéis todo, o podéis saberlo si os interesa. Odio la fotografía, no me importa repetirme, y aquello del “rostro picassiano”, una genialidad de mi amigo Paul Gautier para regalarme un lugar en el exclusivo y carísimo teatro del glamur; nunca me lo creí. Soy fea.
 Guapos son mis hijos, los dos. Miro sus rostros, y juego a adivinar el mío antes de aquel parto difícil y mal atendido. Me siento mirada por ellos con esa mirada que solo les sube a los ojos cuando ven mujeres guapas.


                                       (4)        Ya han pasado treinta años

“ No te imaginas dónde estoy, tío! He dejado las maletas en casa y le he pedido al taxista, bueno, a la taxista, que me llevase al mejor lugar de Valencia para tomarme una horchata. Le tenía yo ganas a recordar el sabor de la horchata recién hecha, a la antigua, y no esas mierdas que nos vendían en el economato, ahí en el talego. Estoy sentado en la horchatería Daniel, pero no la de Benimaclet, no, en el mismito mercado de Colón. Que ya no es mercado, o sí, pero otro tipo de mercado ¿Recuerdas el puesto donde nos comprábamos aquellos bocatas de patatas fritas? Pues en el mismo lugar ¡Nada que ver! Ahora hay otro piso, pero en el sótano, todo lleno de restaurantes y tiendas, y arriba bares, pero a lo grande, con sillones de mimbre, terrazas... Aquí se ve mucha pasta, tío. No sé lo que me cobrarán por la horchata, pero lo perdonaré todo. ¡Treinta años sin probar una horchata fetén! Desde que me quité de todas las mierdas, es lo único que he echado en falta. Líquida, claro, con hielo no se saborea. 
El barrio está igual, bueno, aunque igual, igual, tampoco. ¿Recuerdas las ruinas de aquí, en frente, donde escondíamos el pico? ¡Pues ahora es un edificio de oficinas y unas galerías comerciales, de puta madre! ¡Seguro que se merca más cruda ahora que hace treinta años! Las calles no han cambiado nada, aunque las aceras me parecen más anchas, y están llenas de gente. ¡La hostia, tío, los echan de casa! Y está todavía en Cirilo Amorós la tienda esa de música donde la cagamos. ¡Gilipollas, el empleado! ¿Acaso no tenía un seguro? No quiero recordar, porque se me amarga la horchata. Sabes qué es también distinto: las titis. No es verdad que haya más o menos el mismo número de tías que de tíos, o se han salido ellas de casa, les han encerrados con llave y se la han tragado como la del anuncio. Cuenta. Aquí, a mi alrededor, hay un corro de cinco mujeres, otro con siete, una mesa con tres, una parejita, mujeres también.  ¿Cuántos hombres llevas por cuenta?  Pues todos esos hay. Bueno, estoy yo, para salvar. Pero que me fijo, y en el resto de las terrazas es parecido. En ninguna hay un grupillo de tíos tomándose una birras. Hay alguno, alguna pareja, un par de ellos en medio de media docena de mujeres…Pero te digo una cosa, que jovencitas, jovencitas…tampoco se ven muchas. ¡Que las más jovencitas podrían haber sido nuestras tías…! No, las camareras, no.  Sí, son todas mujeres jóvenes, y andan con un garbo y lucen un palmito…Bueno, no sigo por ahí porque no quiero ponerte los dientes largos y yo me condeno. 
    Lo que no sé es cómo voy a volver a casa. ¡Y menos mal que tengo casa! ¡Gracias a que mis viejos pensaron que algún día se terminarían los treinta años y estaría todavía el cabrón de su hijo por aquí! Pero he dejado las maletas y salido corriendo. Verme allí solo…Tío, que voy a echar en falta la sirena, los horarios, la cena, que ya os estarán llamando para cenar, y aquí comienza a animarse con el personal que sale de las oficinas. Parejitas: la secretaria y el jefe, colegas de despacho, juventud, juventud, divino tesoro ¡Qué de puta madre debe vivir esta gente! Pasta gansa, gachís jóvenes, coches caros…Pero oye, que aquí to el puto personal va pendiente de su móvil. Parece que están juntos, que van juntos, pero no, no. Aquí to cristo tiene otro rollo en otro sitio de donde está. De locos. La gente habla de sus cosas sin mirar quién los oye- ¡Como yo ahora, qué coño! ¡La locura, tío!
     ¡Ah, los coches! ¡Es otro mundo! Aquellos mierdecillas del R-5, el Pugeot 206, el Seat Panda…Ya ni se ven. Lo que se ve ahora son cochazos alemanes, japoneses, coreanos, suecos…Pero cochazos. Todo terrenos, SUV, berlinas gigantes. En este país hay mucha pasta, y muy malos tenemos que ser nosotros si no valemos para ganarnos la vida. Estoy deseando que salgas para poder hacer planes. Los cursos de fontanería que hicimos en el trullo nos tienen que servir para algo. Aquí debe haber mucha gente que no sabe cambiar un grifo, arreglar una cisterna, desatascar una taza de wáter o el desagüe de un fregadero…O simplemente que no quiere hacerlo, porque hay que agacharse y mancharse las manos, y yo veo por aquí mucho finolis que no lo va a hacer.
     ¡La pasma, tío! Verla y volver a sentirme culpable. Se me hace raro que no me miren como sospechoso. Ya sé, ya sé, he pagado lo que había que pagar, está claro. Soy un ciudadano como otro cualquiera que está aquí. No llevo escrito en la cara:” acaba de salir del talego”. No lo sabe nadie. Pero treinta años sin pisar una calle, sin cruzar un semáforo, sin pararme delante de un escaparate…Treinta años de galerías y patios cerrados es mucha tela, tío. ¡Más pasma! Pero ahora no los municipales, que no dejan de parecerse a los aparcacoches de los hoteles, sino los nacionales, tío. Con dos regaderas como para apiolar a un puto dinosaurio. Van como los Power Rangers.  Dos armarios. Hostia, no. Uno es una tía. ¡Joder, que te decía! Hasta en la policía están ya, patrullando, a pie, por el medio del mercado, y la gente tan tranquila. Esto no es normal. ¿En la cárcel nos vigilan los funcionarios sin armas y en la calle los policías armados hasta las pelotas, como si se hubieran escapado de Apocalypsis now? Más los estupas que anden por aquí bicheando. Se me está poniendo mal cuerpo, tío. Esto lo ve el Fary y se vuelve a morir del susto. ¿A quién le iba a contar ahora la historia del hombre blandengue…? ¡No me jodas, que esto no es normal! Que la gente de aquí fuera se ha acostumbrado a cosas que no son normales…
Ya se ha hecho de noche. Voy a darme una vuelta por el barrio. A mirar tiendas, para saber todo lo que no puedo comprar. Y a meterme al coleto un plato de jamón de bellota y lo que me quepa de una botella de rioja. Me gustaría una de 1989 ¿Te imaginas? Pero tengo que mirar la guita. Tiene que durar hasta final de mes. Con esto creo que cumplo mis deberes del primer día. A ver si llego un poco cansado a casa y logro dormirme. Me va a costar. Os voy a echar en falta. Te lo juro. Y saludos a los coleguis; los quiero más que a mi alma.


                                               (5)       Para que viva la pena

-Ya hemos pasado lo peor – dijimos, cuando enterramos a Mario.
Al final, como nuestros deseos de que viviera eran impotentes, llegamos a desear que muriera, y que su muerte pusiese fin a nuestro sufrimiento y al suyo, que vivía contra sí mismo.
¿Qué padre llega a serlo y se siente preparado para enterrar a un hijo? Ni siquiera la lengua tiene una palabra que describa ese estado, esa orfandad del padre, de la madre, que dan a la tierra lo que había venido para hacerles soportable la dureza de la vida, ser el báculo de su vejez, y bendecir con sus lágrimas tibias el polvo de sus cenizas.
Seguir viviendo sin él es un peso cuya gravedad no habíamos calculado. Despertarse cada día con la memoria de él y con el tormento de no saber ya, y no saber definitivamente, por dónde se quebró aquel amor paternal y aquel amor filial en el que vivimos felices los primeros años, que no fueron suficientes para protegerle del mal del mundo, incapaces de salvarlo.
¡Comenzó todo tan pronto! ¡Éramos todos tan ingenuos, tan ignorantes! ¡Pasó todo tan en el principio del principio!
¿Por qué no lo previmos? ¿Por qué no vimos el alud que venía, que teníamos sobre nosotros y que arrastró a los mejores? Muchas veces nos preguntamos por esa ceguera con la que asistimos a lo que nos negábamos a admitir. La facilidad con la que sus hermanos mayores habían transitado por aquellas edad difícil nos privó de ver lo que teníamos ante nuestros ojos ¿Por qué iban a ser las cosas tan distintas con él? 
        Pero en aquellos seis años que le llevaban, el mundo había cambiado ¡Se llevó a los más intrépidos, a quienes más amaban la vida, a los más libres, a los que se enfrentaron a aquella maldad con una sonrisa, a pecho descubierto!
Cuando nos dimos cuenta, el día que lo trajo la policía, porque lo habían encontrado desvanecido en el escalón de una portería, en el trayecto del colegio a casa, resultó ser ya demasiado tarde.
Él también se asustó. Juró dejarlo, y debió dejarlo por algún tiempo, y volvió a ser la alegría de la casa, la ruidosa discordia de sus hermanos mayores, el más simpático, el más gracioso, el que mejor tocaba la guitarra, el más guasón, el más cariñoso, en “esta familia con alma de cardo”, como repetía con toda su gracia él. Todo parecía ir bien, menos las notas de la segunda evaluación de tercero de BUP, que empeoraron luego en la tercera; una sombra de sus calificaciones hasta entonces.
Por aquellos días, descubrimos que aquella apariencia de normalidad escondía un mundo de sombras. Un día, su madre se volvió loca buscando una pulsera que usaba solo en las ocasiones, se devanó los sesos tratando de recordar la última vez que la había usado y dónde pudo dejarla. Todos los recuerdos la llevaban hacia la misma caja disimulada en un cajón del armario ropero que había sido su escondite desde el día que se la regalé, pero allí no estaba. Y no sospechamos de él.
Otro día, cuando salía de ducharme, lo encontré rebuscando en los bolsillos de mi chaqueta. Le reprendí. Me pidió perdón. Me juró que era la primera vez que lo hacía, que había perdido el dinero que le habíamos dado para la excursión del colegio y que no se atrevía a volver a pedirlo, porque no quería aguantar sermones. Sabía mentir como nadie. No me creí la excusa, pero volví a dárselo. Llevaba algún tiempo encontrando sorpresas en mi cartera, y repasaba los gastos con frecuencia, porque me duraban poco los cambios de los billetes grandes. Antonia me decía que estaban subiendo mucho todas las cosas y que, si ponía atención, vería que me lo gastaba. Que el dinero, al final es para gastarlo, que lo único que a ella le dolía era perderlo, pero que, si se ha gastado, pues gastado está.
A nosotros nos iba bien. Habíamos prosperado. Había sido una suerte deshacernos de la vieja pensión y comprar aquel edificio de cuatro plantas a espaldas de la Gran Vía.  Teníamos un hotel pequeño, coqueto, confortable, y en el mejor lugar de Madrid. Solo dieciséis habitaciones y lo llevábamos con cuatro empleados. Controlábamos los gastos y lo llenábamos casi todos los días del año. Su hermano mayor había terminado arquitectura y trabajaba en la construcción de hoteles en la Isla de Tenerife, y nuestra hija estudiaba informática en Edimburgo. Les mentíamos a sus hermanos, les decíamos que Mario estaba bien, con sus cosas, y que le quedaría alguna para estas vacaciones, pero que había mejorado.
Desde ese día, comenzamos a prestar más atención a lo que pasaba en casa y nos dimos cuenta de cuántas cosas habían ido desapareciendo de ella, nuestras y de sus hermanos, sin que notásemos su ausencia. Faltaban joyas de su madre, de esas que no se ponía nunca, ropa y libros caros de las habitaciones de sus hermanos, un juego de ajedrez con piezas de mármol, caro, y que quedó arrinconado como un adorno después de la primera partida, ropa del ajuar de su madre que había dormido años ignorada en los armarios, botellas de licor, dos relojes de bolsillo y algunos Amadeos de plata, herencia de mi familia. Nos alarmamos. Supusimos que seguiríamos encontrando vacíos en lugares que no esperábamos No sabíamos que hacer.
El día que le quitó la cartera al hermano de Antonia, que había venido a visitarnos y había dejado la chaqueta colgada en la percha de la entrada, el problema salió de nuestra casa y se hizo un runrún familiar. Por aquellos días, volvió a traerle la policía inconsciente, con señales recientes de las agujas en los brazos. Tuvo fiebre muy alta, deliraba, empapaba las sábanas de sudor y tiritaba de frío. Le salieron bultos en los ganglios y no podía tragar nada. Tuvimos que internarlo en La Paz. Los medios de comunicación comenzaron a hablar de una enfermedad mortal que se propagaba especialmente entre homosexuales y drogadictos, y que alguien quiso ver como un castigo divino a las conductas descarriadas.
Los médicos no sabían nada, daban manotazos de ciego y asistían a jóvenes que morían en la flor de la edad. En los laboratorios, los científicos investigaban el origen de aquella enfermedad que se propagaba también entre personas de conducta sin tacha. Se desconocían las vías de contagio y la gente temía acercarse a los infectados, pues se pensaba que la enfermedad podía contagiarse por un contacto casual, como dar la mano, abrazar, besar o compartir utensilios con un infectado. La palabra SIDA se fue extendiendo para nombrar aquella enfermedad fatal y desconocida. Coincidimos con familiares de otros enfermos como nuestro hijo y vimos en ellos el desenlace de aquel proceso. Observábamos angustiados el deterioro de Mario y comprendimos que lo inevitable no estaba lejos. Vinieron sus hermanos, que ya no se separaron de él hasta el final, doloridos, impotentes y a la vez resignados.  Y llegó el día, que todos recibimos con inmenso dolor y a la vez como un consuelo, ante la inutilidad de todos los esfuerzos.
Sigue viviendo en nuestra memoria. Paradógicamente, su recuerdo no ha envejecido a la vez que lo hacíamos nosotros, y en él sigue siendo aquel adolescente gracioso, guasón, cariñoso, simpático y rebelde que un día se fue a otro país muy lejano, del que nunca se vuelve. Nosotros seguimos aquí, para recordarlo, para prolongar nuestra pena. 



                                         (6)     Cuarenta años juntos


  Solo si se coge a peso, se da uno cuenta de la solidez en que se sustentan su aparente fragilidad y las sutiles tareas para las que está fabricado. Ha sobrevivido a tres traslados de casa, a la infancia de mi hijo, a miles de horas de uso y a tres intentos de jubilación.
Bajo la tapa trasparente, el plato que gira, un poco elevado, con dos líneas de puntos en su borde, cubierto de un material oscuro, pesado y poroso. A mi derecha, el brazo rígido, con sus tres contrapesos atrás, la pequeña abrazadera que lo asegura, y el cabezal orientado en un preciso ángulo de 70 grados hacia el eje del plato, en el cabezal, casi invisible, la misteriosa aguja de diamante. A mi izquerda, la pequeña luz estroboscópica que lee la línea de puntos del plato y un pequeño botón estriado, el “Pitch” que permite ajustar la velocidad del giro del plato: cuando el plato gira, la hilera de puntos de su borde, que corresponde a la velocidad de grabación del disco, debe parecer detenida, que está parada. En el fino frontal metalizado, cuatro palanquitas, bajo unos letreros en inglés que indican la función de cada una: “Cue, lower – lift”, el de mi derecha, “Turntable, star -stop”, el siguiente, “Auto- Return”, el de al lado, y finalmente “Speed, 33-45” el último. Más a la izquierda, dos representaciones de los puntos del borde del plato detrás de los letreros “50Hz, 60Hz”. En el lado izquierdo, con letras un poco más grandes, y de trazo más grueso, la marca:” Garrad- D 450”; bajo la marca, y en letras más pequeñas, “Semi Automatic direct drive”; debajo y solo legibles con la ayuda de una lupa. “Made in England”.
 Acercarme al tocadiscos es evocar cuarenta años de vida, de música, de tecnología: no se me ha borrado el recuerdo del primer vinilo de Deutsche Grammophone que escuché en él, la Sinfonía nº 9 de Dvorak; conservo vivas las imágenes de mi hijo asombrado de que aquellos microsurcos guardasen fielmente la música de un piano o una orquesta, y de que aquella aguja casi invisible reprodujese en sus imperceptibles movimientos la música allí registrada. Desde aquel año lejano en que entró en casa, ha estado a punto de ser derrotado al menos tres veces: Lo intentó el CD, más tarde el MP3 y hoy Spotify, pero ha sobrevivido a todos los intentos. En tiempos de prisas y locura, el ritual que exige hacer sonar un vinilo es casi un ejercicio zen: buscarlo en la apretada hilera de discos, extraerlo de su doble funda, limpiarle el ligero polvo y la electricidad estática, colocarlo suavemente sobre el plato, acercar con cuidado el cabezal al surco de la música elegida, hacer descender la aguja sobre él, con más cuidado, componen el tiempo que necesita el deseo para abrirse a la escucha de la música esperada, a la sorpresa. 


                                              (7)     Las fallas

(El infierno son los otros- dijo Paul Sartre. Se refería a la mirada de los demás, que nos                         penetra y nos declara) “En este caso la mirada será un virus y el terror vendrá porque quien te maté será el que más te quiera, quien te bese, quien te abrace, quien te dé la mano, quien te ceda el asiento en el metro, quien te ayude a cruzar la calle. El miedo al otro, en eso consiste el infierno que se acaba de instalar como un avance entre nosotros” (El País, Manuel Vicent)                              

 ¿Cuántas fallas hay? ¿Cuántos modos de vivir las fallas coinciden, se superponen, se contraponen, se niegan o afirman en este período indeterminado de días festivos, del que solo sabemos que finaliza en la madrugada del 20 de marzo con la “cremá”? Porque de las fallas, siempre las mismas e imprevisibles, solo es cierto que, cuando amanezca el día 20, en la ciudad no debe quedar ni rastro de ellas, y que, en los “casals”, comenzarán al domingo siguiente las fallas del próximo año.
El centro y origen de la falla es el fuego, y la palabra que las nombra, del latín “fácula”, las antorchas que iluminaban las torres de vigilancia, lleva escondida la referencia a las que se colocaban en Valencia, que, hasta finales del XIX, fue ciudad cercada por altas murallas y altísimas torres antorchadas. Pero la palabra que denomina las fiestas no dice nada de ellas. En las fallas, que siguen tradiciones milenarias, se celebra la llama purificadora, el fuego que se alza del mar cada mañana, el que se conserva  encerrado en las brasas, el que enciende las miradas, el que asoma, pequeñas llamas verdes, en los brotes de las plantas, el que hace hervir la sangre, el fuego fatuo, el que alimenta los deseos fogosos, el fuego doméstico de los fogones, el que calcina los huesos, el resumido en una cabeza de misto, el comprimido en la pólvora que explota en el aire y se funde con la nube…

-“Yo las descubrí como aturdido turista. Desorientado en la ciudad, incapaz de acumular el recuerdo de los “ninots” de una falla sobre los de otra, ciego para los letreros que pretenden describir lo que allí se representa, atolondrado entre innumerables bandas de música que dan vueltas por la ciudad, asustado con los estruendos de la mascletás que se disparaban en cualquier plaza o calle, estupefacto ante miles y miles de mujeres, todas la misma y todas distintas, que desfilan con energía y seriedad festiva, desde la mañana a la noche, portando un ramo de flores que formará el manto vegetal de una virgen de cartón. Como turista, yo no participaba de la fiesta, no tenía nada que hacer, solo mirar,  estar pendiente de los petardos que explotaban en cualquier momento, dar vueltas por la ciudad, descubrir fallas nuevas y pasar una vez más por las más céntricas, que resultaban ser las más suntuosas. El aire estaba impregnado de olor a pólvora. Aquel año la festividad cayó en viernes, y recuerdo la liberación que sentí al salir a la calle el sábado y encontrarme una ciudad nueva. Las calles estaban limpias, había desaparecido el ruido ensordecedor, se distinguían personas donde antes solo había aglomeración de gente y multitud, tumulto; delante de los bares olía a café, de las puertas de las panaderías salía un alimentico olor a masas horneadas, y descubrí, como si acabara de abrirse aquella misma noche, en las ramas de los naranjos, el azahar que perfumaba el aire fresco de aquella mañana. Como turista, observé que estas fiestas se organizan con reiteración infrecuente alrededor de acontecimientos que tienen una estructura paroxística, es decir, que se interrumpen justo en el momento de su mayor exaltación e incitan al aplauso, como el Bolero de Ravel, o como un orgasmo: las mascletás, los castillos, la ofrenda, muchos pasacalles que finalizan en el chin-pun…Excepto la “cremá”. Las fallas, después de la gran llamarada, languidecen poco a poco, transformadas en brasas que caen lentamente, se consumen lentamente y provocan la tristeza, las lágrimas. Yo también me llevé un poso de tristeza de las fallas, y me pareció mucho más alegre la ciudad limpia, la brisa mañanera, el cielo azul de aquel sábado, lejos el humo y el olor a pólvora, en que la pude disfrutar”

-“Yo no supe lo que son las fallas hasta que no me vestí de fallera y fui a la ofrenda. Me vestiría todos los años. Nunca pude hacerlo de pequeña. Me he dado cuenta de que tenía una envidia olvidada hacia todas las niñas que se vestían de falleras. Cuando me vestí, en 2017, me di cuenta de que mi desprecio por las fallas tenía que ver con aquella frustración no confesada. El solo hecho de verme de fallera en el espejo, ya me hizo llorar. Entrar en la plaza de la Virgen en la ofrenda es mágico. Es verdad que la espera para que te toque es un poco pesada, pero todo se olvida cuando comienzas a caminar. Cuando llegas a la calle del Miguelete, dejas atrás todo el jaleo y notas el silencio, luego te quedas tu sola, frente a la estructura de madera y al entrgar el ramo que formará parte del tapiz que será el manto de la Chaperudeta se siente una emoción indescriptible. Nos pasa a todas. Salimos todas llorando, y con pena porque sabemos que tendremos que esperar a otro año para poder sentir algo parecido.”

-“Me hartaban los desfiles, las procesiones, las ofrendas…Me dolían los pies. Me hacían daño aquellos zapatos ridículos. No veía el momento de arrancarme los moños y los aderezos, soltarme las enaguas almidonadas, el sujetador con las copas rellenas de papel de periódico, ponerme los vaqueros y las deportivas e irme al casal. Todas las amigas hacíamos lo mismo y eso sí que era divertido. Cenábamos allí, nos juntábamos con los amigos, venían sus “novietas”, que si iba a otro colegio, hasta entonces no las conocíamos y con ellas venían otros chicos y tonteábamos todos. Podíamos volver tarde a casa y no nos reñían. Y aunque nos acostábamos tarde, nos levantábamos para la “despertá”, porque esperábamos encontrarnos con las amigas y los amigos y continuar con el juego (el fuego) de los amoríos. A veces íbamos con las falleras a visitar otras fallas y cada una quería que fuesen a visitar la falla donde tenía algún chico que le gustaba, discutíamos, nos quitábamos los “novietes” y había mucho jaleo y mucha diversión. Yo recuerdo aquellas fallas y me parece que duraban un mes, de la cantidad de cosas que nos pasaban. Éramos incansables. También hacíamos caso de las fallas, de algún ninot que nos gustaba, pero poco.”

-“Yo no entiendo las fallas, ni las siento. Parece todo tan a la vista, tan externo, tan en la calle, tan parecido cada año, que vistas una vez, estaban vistas para siempre. Con aquella seguridad, nos ausentamos de la ciudad en fallas. Al principio, visitábamos a la familia lejana, luego aprovechamos a viajar por España. Más tarde nos íbamos a esquiar y en ocasiones aprovechamos los días de fallas, sobre todo si se juntaban venturosamente con fines de semana para visitar las capitales europeas. Siempre nos encontrábamos personas que nos decían en tono de reproche: “¡Ahora que son fiestas en Valencia, vosotros os vais!”. “Sí, sí, hay que dejar sitio. No cabemos todos” -solíamos bromear como respuesta. Pensar desde París, Berlín o Viena en el barroquismo costumbrista fallero era una liberación: lejos de las músicas ensordecedoras hasta horas intempestivas, de las multitudinarias mascletás, de los despertares imperiosos, de los embotellamientos alrededor de los monumentos, de la invasión de pasacalles sucesivos o superpuestos e indiferenciados, de la soberbia insoportable de los falleros que cortan vías a su gusto, invaden espacios que no les pertenecen y prolongan hasta lo indecible la música atronadora que sale de sus carpas, lejos de aquel mundo que me había tocado soportar tantos años, solo recuerdos torcidos me venían de lo que suponía estaría sucediendo en Valencia, y no lo echaba de menos.”

-“Yo heredé todos los prejuicios de mis padres sobre las fiestas de las fallas. Nunca llegaron a vivirlas. Las conocían como turistas. En el grupo de teatro, cuando tenía catorce años, me encontré con una chica que era fallera. Nos hicimos amigos. Yo le picaba con todos mis prejuicios sobre las fallas y ellas me contestaba siempre lo mismo.
¡Chiquet, tu no saps quina cosa son les falles!
Y a continuación me explicaba el origen de su entusiasmo. Le costaba imaginarse una infancia sin el casal. Las fallas, los ninots, las historias que cuenta cada falla eran el resultado del esfuerzo y el entusiasmo mantenido por muchas personas a lo largo de un año, y continúan la ilusión de muchas generaciones. Si no entiendes esto, ves las fallas como un turista, pero tú eres valenciano. 
¿Qué falla es la de tu barrio? – me pregunto un día.
No sé, me imagino que la de Dr. Olóriz.
Lo sabía todo de aquella falla. Que había celebrado su centenario en 2014, que había tenido una fallera mayor, que tuvo un artista fallero que fue famoso y que no se hubiera hecho el parque de Marchalenes sin el empeño de la falla. Ella se conocía la ciudad por los “casals” y tenía el plano de Valencia en la cabeza, asociado a aquellos lugares y a los nombres de las falleras que había conocido.
Cuando casi nadie tenía teléfono en casa, la gente tenía el de la falla como suyo. Cuando no había televisión en las casas, el casal tenía una y todos se juntaban en el casal para ver los toros, el futbol o cualquier acontecimiento. La primera internet que hubo en mi barrio fue la de la falla y en la falla puedes encontrar ayuda para muchas cosas.

Aquel año, viví por primera vez las fallas desde dentro, y lo pasé tan bien que no me las he perdido desde entonces. Sí, son las fallas de siempre, pero yo las siento ahora como mías. No me pidáis que os las cuente, me faltan palabras y sería inútil. Si queréis saber cómo son las fallas, tenéis que vivirlas desde dentro” 


                                      (8) La belleza del confinamiento

            Hablemos de la belleza de la lluvia en las calles desiertas

         Hablemos de la belleza del rosal del alfeizar de la ventana, florecido sin atenerse a ningún permiso en los días del confinamiento

          Hablemos de la belleza de los ojos que dicen su mensaje discreto por encima de las máscaras.

      Hablemos de las belleza de las manos que sueltan un torbellino de pájaros cada tarde desde la ventanas.

        Hablemos de la belleza de los resucitados a una esperanza ya perdida.

    Hablemos de la belleza de los guisos que hierven lentos y perfuman de recuerdos antiguos las estancias abiertas de las casas.

        Hablemos de la belleza de las nubes que se abren en el ocaso para que el sol pueda despedirse cada día del mundo de los tristes.

       Hablemos de la belleza de todos los muertos que se adelantaron a la llegada del virus y fueron despedidos por sus deudos como se lo merecían.

        Hablemos de la belleza de quienes se imponen cada mañana al cansancio y su miedo y levantan el peso del mundo con los gestos minuciosos y precisos de su dedos.

         Hablemos  del silencio de los motores de explosión y de los neumáticos enmudecidos, que hacen sonoras las voces de los niños que doman un felino o una rapaz en sus pechos.



                                             (9)   Tiempos líquidos

Si uno vive lo suficiente, todos los círculos se cierran. Pero a él se le terminó pronto el tiempo, no le dio de sí para acabar nada, y así quedó todo sin terminar de ser, como si la piedra quedase suspendida en el aire, amenazadora de cumplir su ley. Se mira a los espejos y hace años que su cara no le sorprende, los ojos con los que ve ya no le ven, mudo queda el azogue al movimiento de sus manos, al parpadeo de sus ojos, a la sonrisa que dibuja su boca, a las lágrimas que resbalan por sus mejillas. A fuerza de no verse, ha perdido las referencias de su rostro y de todos aquellos con los que vivió y aún perviven, ellos sí, en el mundo de las cosas, en el mundo de las cuatro dimensiones, al que él también perteneció. Solo palabras le quedan, ese hilo sin sustancia, en el que todo lo pone quien las recibe: Irene, Jesús, Priscila, Eduviges…Recuerda dónde vivían, qué le dijeron, los juegos con los que entretuvieron su infancia, las canciones del recreo…Pero ha perdido las imágenes que le hacían compañía, aquellas que le hacían la ilusión de seguir, como un equilibrista que se sustenta en el vacío, caminando en el filo del tiempo. Si este viaje hubiera dependido de su voluntad, no se hallaría donde ahora se encuentra, pero una vez se perdió y cuando rayaba el alba despertó en una de esas pesadillas en la que la luz brilla dos veces, y el sol se oculta a la vez por dos lados opuestos, por dos ocasos sin oriente.
Le costó encontrar el reposo, acostumbrarse a que todo lo iniciado un día siga aún sin conclusión ni descanso, abierto al albur de los acontecimientos, ya sin él, expuesto a que manos poco cuidadosas lo den por terminado, lo cierren de cualquier modo, sin paciencia, con prisas.
“Es lo que hace todo el mundo aquí, seguir viviendo por los demás, en las palabras de los que todavía pueden aprender nuevos decires, en la memoria de quienes deambulan entre los escombros, esperar que dure el palpitar de aquellos para quienes nuestro nombre todavía les dice algo, y los sonidos que lo componen les remiten a una huella en su memoria. alimentar la ilusión  de pervivir en ese aire esquivo que, de pronto, en una boca, toma la forma de la palabra que nos evoca, recobrar vida de las memorias que aún la tienen.
“Si por mí fuera, estaría lloviendo todo el día, hasta que el agua arrastrara las ratas por las alcantarillas, hasta que con su repiqueteo en el asfalto horadase el tiempo y lo volviese líquido, para que el futuro cerrase todos los círculos que han ido quedando abiertos para siempre, y que inquietan la esperanza incierta de quienes aún tendrán tiempo, como bocas de cadáveres que nadie se detuvo a cerrar. “