Dos ángeles en una Suzuki 800
Atardecía lánguidamente y las
sombras de las palmeras que bordeaban el paseo se prolongaban sobre el suelo
mucho más largas que la longitud de sus troncos. Las terrazas de los edificios cercanos
se doraban con los reflejos cobrizos de un sol que se escondía. Los cristales
del edificio administrativo que está al principio del paseo, los que miran al
poniente, reflejaban un mundo encendido, embellecido por los colores del
atardecer, y la cubierta de bronce mate que corona el edificio recuperaba su
antiguo color metal por unos momentos. Los padres, en esa labor de pastores que
nos toca hacer a lo largo de la infancia de nuestros hijos, volvíamos a casa
charlando plácidamente mientras vigilábamos con atención el ir y venir de nuestros
retoños, ajenos ellos, y a la vez confiados en nuestra mirada. Nuestra atención
se afilaba, si es que afilarse podía, cuando nos acercábamos al cruce de la
calle, a pesar de que todos los niños habían aprendido que el bordillo de la
acera marcaba el fin de su territorio y el inicio de una selva a la que no
podían exponerse sin ir agarrados de una mano adulta.
De repente, por el lateral izquierdo
del paseo, saltando el bordillo de la acera y sin respetar los jardincillos que
la bordean, cabalgando una moto, como quien cabalga un sueño de felicidad,
aparecieron delante de aquel pequeño rebaño infantil, delgados, vestidos con
ropa deportiva, sin casco, con el pelo corto y erizado, como bajados del cielo
de las motos, dos jóvenes con miradas calientes, los ojos enrojecidos, la risa
fácil, totalmente ajenos al mundo apacible en que se introducían.
Los padres nos adelantamos hacia
ellos para increparles y afearles lo que estaban haciendo, pero actuaban como
si no nos viesen, como si fuésemos transparentes a sus miradas llenas de
extravío, o mejor, como si los transparentes fuesen ellos, como si viviesen al
margen de las leyes de la física, y la pesadez y opacidad de los cuerpos
solamente rigiese para nosotros, pobres.
Aparcaron la moto, sacaron la pata
de cabra, bajaron de ella con movimientos ágiles y nerviosos y se dirigieron
rápidos, sin correr, pero como si los pies apenas sintieran el roce con el
suelo, hacia unos bloques de apartamentos humildes que quedan detrás del
imponente edificio administrativo.
Les perdimos de vista, pero su
presencia comenzó a ser el objeto de nuestra conversación.
-Esa moto es robada -dijo uno.
-Mira, la han dejado encendida
porque no tienen llave -añadió otro. Claro, han hecho el puente y no pueden
apagarla -continuó hablando como quien sabía de qué hablaba.
-Además mira, le falta una parte del
carenado y lleva un bollo en el depósito de la gasolina -dijo otro que no
quería ser menos.
-Qué va -respondió el primero- el
depósito de ese modelo es así.
- Ah bueno - contestó el otro – pero
una parte de carenado sí que le falta.
- Sí - dijo el primero. Que es
robada salta a la vista. Además, es imposible que unos chicos como estos tengan
pasta para comprarse una moto como la que llevan. Es una Suzuki 800, esa moto
vale más que un coche.
- Deberíamos llamar a la policía
-comentó uno que no parecía saber de motos y que había sacado ya el móvil para
hacerlo. Estos chicos son un peligro público.
La conversación se desvió hacia la
conveniencia o no de hacer la llamada.
Había quien opinaba que deberíamos
llamar y quien creía que no merecía la pena, porque no iban a hacer nada.
- ¿Tú crees que estos chicos no han
pasado ya por delante de media docena de policías antes de llegar hasta aquí?
-dijo el más escéptico con la propuesta. Y los policías, cuando los han visto
venir, se han dado media vuelta para no verlos. Los policías lo que menos
quieren son jaleos.
- Es verdad lo que dice éste -se
plegó otro al argumento. Es imposible que estos chicos hayan llegado hasta aquí
sin que ningún policía los haya visto; y es que además dan el cante: no llevan
ni chalecos, ni cascos, ninguna protección, estos chicos van proclamando a los
cuatro vientos que son unos chorizos y que llevan metido en el cuerpo lo que no
se sabe.
- ¿Y qué van a hacer los policías
con los medios que tienen? -contestó uno que tenía algún familiar que lo era.
Darles el alto, ¿Y si no paran, qué? ¿Salen detrás de ellos, como en las
películas? Estos chicos se ríen de la policía y de todos. Estoy seguro de que
los han cogido más de una vez, y que antes de que hayan llegado los policías a
casa ya han salido por la otra puerta. Así es la justicia en España.
El grupo de padres no nos poníamos
de acuerdo, la discusión había retrasado el cruce de la calle y el semáforo
había vuelto a estar rojo para los peatones. Nuestros hijos comenzaban a
ponerse nerviosos, nos miraban sin comprender de qué hablábamos, veían que
retrasábamos el cruce de la calle y esperaban que los cogiéramos de la mano
para pasar.
Aún no se había terminado la discusión
de si avisar a la policía o no, cuando los dos chicos aparecieron desde detrás
del majestuoso edificio bromeando entre ellos, haciendo como que luchaban, con
el mismo paso nervioso con el que se habían alejado hacía unos momentos: había
algo de felino en sus movimientos, ajenos a cuanto no fueran ellos. Subieron a
la moto que seguía arrancada y salieron hacia el paseo como almas que se lleva
el diablo.
- Estos chicos se van a matar – dijo
una mujer anciana que solía recogerse diariamente detrás de nosotros y que
utilizaba un bastón para ayudarse en su caminar vacilante.
- Mejor que se maten ellos antes de
que se lleven por delante a otros que ni fu ni mu – contestó uno de los padres.
- Ya -contestó otro-, pero nada te
asegura que no se maten ellos y al tiempo se lleven a alguien que pasaba por
allí.
Los vimos salir, veloces, todo a lo
largo del paseo. El estruendo del motor tronó en el espacio habitado hasta
hacía un momento sólo por sonidos provenientes de la naturaleza que allí
habitábamos: las voces chillonas de los niños, los cantos armoniosos de los
mirlos, el piar de los estorninos que dormirían en los pinos cercanos, los
estridentes gritos de las cotorras que había hecho de las corolas de las
palmeras su casa, el rumor de las conversaciones de los adultos. Los pocos
transeúntes que aún quedaban por el paseo miraban a los motoristas con espanto,
asustados, y hacían esfuerzo por salirse de su trayectoria, pero ellos los
utilizaban como obstáculos que se divertían en evitar, haciendo eses de un lado
a otro, mientras el que iba de paquete tornaba la cabeza, muerto de risa por el
pavor que causaban y de las caras de asombro que iban dejando en su huida.
Cruzamos por fin el semáforo, y una
vez al otro lado de la calle comenzó el rito de despedida. Desde allí, cada uno
tomaba la dirección de su casa y nos subdividíamos en grupitos que se iban
disgregando a medida que pasábamos por delante de las porterías de los
edificios donde cada uno vivía.
Mi hijo y yo éramos de los últimos en
llegar a casa. Cuando bajamos del ascensor, un cuarto piso que da a la calle
Málaga, oímos un estruendo de sirenas de vehículos que se desplazaban hacia
algún lugar de la ciudad. Me asomé al balcón y vi que por la Avda. Padre Ferris
desfilaban coches de policías, ambulancias y poco después, un camión de
bomberos que parecían seguir todos la misma dirección. Sin querer, pensé en
aquellos dos chicos, dos ángeles caídos desde algún barrio periférico que
habían llegado al cielo de la gran ciudad para imponer su ley, para romper con
su presencia de fuego el leve y frágil orden urbano.
Las tareas que la crianza de un niño
trae al final del día, acapararon mi atención hacia las labores domésticas e
hicieron que me olvidara poco a poco de lo que habíamos visto: el agua del baño,
el cuidado en la bañera, la preparación de la cena, la atención a la ingesta de los alimentos, la compañía al
lado de la cama, la atención a todo aquello que el hijo desea contarte en ese
momento: las quejas por lo no conseguido, el entusiasmo o el miedo por la
partecita del mundo que acaba de descubrir, la lectura del cuento que convocaba el
sueño...
Pero fue él quien reclamó mi
atención hacia lo que habíamos vivido en el paseo.
- Papá, ¿quiénes eran esos chicos?
- Pues no lo sé. No los conocemos.
- ¿Y qué decíais de los policías?
- ¿Y qué decíais de los policías?
- Ah, nada. Que el padre de Jorge
decía que le parecía que habían robado la moto que llevaban y que teníamos que
llamar a la policía.
-¿Y tú
qué piensas?
- Pues
que a lo mejor es verdad que era una moto robada.
-
¿Pero tú quieres llamar a la policía?
- Pues
no estoy seguro...Por una parte sí, pero por otra no me parece una buena idea.
- Ya
estamos. Por una parte sí, por otra no. Eso no vale.
- Sí
claro, yo casi siempre pienso que las cosas son complicadas, que no son nunca
blancas o negras.. Pero bueno, hala, vamos a leer el cuento.
Leíamos una recopilación
de cuentos rusos de Aleksandr Nikolaevich Afanaser. Aquel día nos tocaba leer el
titulado “El Zarevich Cabrito”.
Las palabras pausadas de la lectura tenían un efecto sedante en los oídos de mi
hijo y cuando llegábamos al momento en que Ivanuchka, muerto de sed, no hace caso a los
consejos de su hermana, bebe agua de la laguna encantada y se transforma en un
cabrito, el sueño le cerró los párpados y yo interrumpí la lectura.
Marqué la
página para proseguir al día siguiente, lo tapé ligeramente, caminé despacito
hacia la cocina, agarré un yogur y una cucharita y me fui al salón. Cogí el mando
de la tele y la encendí. Estaban finalizando las noticias de la noche y la
locutora, antes de despedirse, dio una noticia de última hora, cuyos detalles
completos aún se desconocían. Había habido un accidente grave en Valencia, a la
salida del túnel de la Avenida Menéndez Pidal, una vía que bordea el cauce
viejo del río Turia. Parecía ser que dos chicos, en una moto de gran
cilindrada, se habían metido en dirección opuesta al sentido del tráfico y
habían chocado a mucha velocidad contra un turismo ocupado por otras dos
personas, un chico y una chica. Los cuatro habían fallecido en el acto. Se
desconocía la identidad de los cuatro. En estos momentos, los bomberos intentaban
sacar a los ocupantes del automóvil, que se había desviado con la fuerza del
golpe y se había empotrado contra uno de los árboles que bordean la avenida.
No me costó imaginar la escena tantas
veces vista en la televisión. Los cuatro cuerpos ya exangües tendidos sobre el
asfalto habrían convocado un torbellino de profesionales alrededor y un
enjambre de cámaras y flashes que tomaban, desde todos los ángulos posibles,
imágenes de los destrozos esparcidos. El espacio del accidente, cercado por una
de esas cintas con las que la policía suele limitar el acceso a los lugares en
los que están actuando y preservar el espacio de la impertinente curiosidad de
los mirones. Desde las ventanas de los edificios que bordean la calle caras
sobrecogidas por la tragedia. Las luces de las ambulancias, de los coches de
policía, del camión de los bomberos, destellos de urgencia que rompen las
sombras de la noche, los chalecos reflectantes de los profesionales, los
sudarios que cubrían los cadáveres...
La noticia del accidente con sus imágenes tuvo
su espacio durante veinticuatro horas en todas las cadenas de televisión,
nacionales, autonómicas, privadas y públicas y su singularidad le hizo entrar
entre las muchas noticias que las agencias difundieron por las redacciones de
todo el mundo. A lo largo del día siguiente, los periodistas acumularon datos
sobre los ocupantes del coche, y la gente fue recibiendo información sobre
aquellas dos personas, anónimas mientras vivían, y cuya vida comenzaba a ser
ahora pública, ya muertas. Palabras sobre unas vidas ya acabadas, cuyo final,
de repente, comienza a iluminar retrospectivamente cuanto se hizo y cuanto
se contó sobre aquello que se estaba haciendo y a ensombrecer irremediablemente
los futuros de otras vidas ligadas a ellos. Ambos debían estar a esas horas en
la universidad, pero estaban circulando por la Avenida Menéndez Pidal, en
dirección hacia ninguna parte conocida por sus allegados. El novio de la chica
creía que su novia estaba en la universidad. La novia del chico también lo
imaginaba allí. Pero ninguno de los dos se encontraba donde sus allegados los
creían, ambos estaban en ese momento en el lugar equivocado, en un lugar
insospechado para aquellos que se sentían con el derecho a saber sobre ellos y
sus propósitos.
Aquella desubicación circunstancial cambiaba el valor de cuanto
hubieran dicho o hecho en aquel día y quizá, para sus allegados, para aquel
chico y aquella chica de los que se hablaba como de sus parejas, de cuanto hubiesen vivido con
ellos desde mucho antes. Ellos no podían ya dar explicaciones, no podían
justificar, ni mentir, ni pedir perdón, ni llorar, ni consolar. Se había
terminado su tiempo, el tiempo de los sueños, el de las promesas, el de los
arrepentimientos, el de volver a intentar las cosas que no terminan de salirnos, o de funcionar, como nosotros quisiéramos. De repente, aquellas dos llamas
habían sido apagadas, se habían esfumado y todo había quedado interrumpido;
aquel apagón había oscurecido la vida de quienes compartían su luz, que
deberían seguir viviendo privadas para siempre de ellas. Todo eran
suposiciones.
Los periodistas comenzaron a contar sólo lo que sabían y lo que
sabían y contaban abría un campo enorme a la imaginación de los oyentes, de los
lectores, de los televidentes. El goteo de información sobre el accidente fue
continuo a lo largo de los días que siguieron, en todos los medios de comunicación,
hasta que las imágenes multitudinarias de sus respectivos entierros, cada uno
en el cementerio de la localidad donde habían residido, cerraron el duelo que
la sociedad estaba viviendo vicariamente con sus familias. Los medios de comunicación afirmaron que los forenses no
encontraron ninguna sustancia sospechosa en el cuerpo de ellos dos, y restos de
todas las conocidas en los dos chicos de
la moto, y aquella ausencia de sustancias tóxicas en ellos, que eran las
víctimas inocentes de aquel accidente, era un argumento a favor de una conducta
consciente en alguna dirección que jamás podríamos llegar a conocer. Las
noticias de los periodistas extendían un ligero velo de transgresión y extravío
sobre la conducta de ambos, tan lejana de cuanto los suyos hubieran esperado. Pero
el oyente, el espectador no aguanta la incertidumbre, las historias tienen que
tener un final y el periodista que se siente en deuda con su cliente, allí
donde no hay información recurre a la suposición, a veces a la insidia sutil
-
“La novia y el novio de los fallecidos no quieren hablar con la prensa y han
prohibido la reproducción de sus fotografías.”
-
“Los compañeros de la universidad niegan que estuviesen manteniendo una
relación afectiva a las espaldas de sus respectivas parejas.”
-
“Una compañera de estudios, que quiere guardar su anonimato, cuenta que a veces
los vio llegar juntos en el coche.”
Ahora, ellos ya no pueden explicar lo que
hacían, no pueden justificar, ni mentir
acerca de su viaje por aquella avenida que los alejaba de la universidad, donde
deberían haber estado a esas horas, y de las direcciones de sus
respectivos domicilios. Ellos habitaban ya en el gran silencio. Fallecidos, no
podían decir nada de cuanto a ellos solo atañía. Su historia de personas
anónimas, envuelta en andrajos de imaginaciones febriles, fue aireada sin
recato ni rigor por quienes nunca habrían llegado a interesarse por ellos de no
estar muertos, y un sinnúmero de espectadores se sintieron jueces de sus vidas
desconocidas. Sus fotos fueron reproducidas en la televisión y en la prensa
escrita sin consideración alguna y llegaron a ser caras familiares para millones
de ojos que ellos nunca llegarían a ver. Eran fotos formales como de alguna
orla, de un carné o documento oficial, y en ellas aparecían jóvenes,
agraciados, con dotes fotogénicas, aparentemente simpáticos. Junto a su foto,
la imagen de los dos vehículos, la moto Suzuki y el Seat Ibiza con las matrículas
pixeladas.
No aparecieron las fotos de los dos jóvenes
que habían provocado el accidente, de ellos sólo se supo que vivían en un
barrio del extrarradio de Valencia, y que eran menores. A nadie interesaron los
detalles de su vida. Aquellos dos ángeles parecían no tener nombre ni historia.
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